domingo, 14 de septiembre de 2008

La honestidad en la política

Escribe: Eudoro Terrones Negrete

Mis lecturas sobre ética política me recuerdan que ser honesto políticamente es ser respetuoso de sí y por los demás; es ser el caballero de la verdad y de las buenas obras; es responsabilizarse de lo que se dice, se ofrece y se hace; es prometer sólo lo que se podrá cumplir; es actuar en función al bien común y no según las conveniencias personales, de grupo o de partido político; es no lastimar los sentimientos de las demás personas; es usar un lenguaje apropiado, sin recurrir a la injuria, la calumnia y la difamación; es ser leal al mandato de los electores y jamás traicionarlos; es utilizar la impunidad parlamentaria para fines de fiscalización del manejo de la cosa pública y no para la venganza, el chantaje y la represalia al adversario político; es servir a la población con espíritu de justicia y de solución oportuna a sus problemas.

Pero si en la política aplicamos una prueba del ABC de la filosofía de la honestidad, habría dirigentes políticos, sindicalistas y parlamentarios que desaprobarían la prueba de entrada, y no pasarían las demás pruebas de proceso y salida.

No quiero pecar de exagerado al afirmar que en los últimos tiempos la honestidad está por los suelos, salvo raras excepciones. Por eso es que las encuestas recogen la baja credibilidad que tienen muchos políticos, empezando por la baja calidad moral exteriorizada a través de sus actos públicos y privados.

Los comités y las comisiones de ética poco funcionan, por múltiples motivos que no vienen al caso analizar ni explicar. Las sanciones sólo llegan a la suspensión de funciones de los involucrados en casos de corrupción e inmoralidad, por un tiempo breve, pero no terminan mayormente sancionándoles con todo el peso de las leyes en el Poder Judicial.

Entonces, los casos de corrupción y de inmoralidad en el manejo de la cosa pública siguen creciendo, como las hojas que se les lleva el viento sin que haya quien las recoja.

“Odio como las puertas de la muerte al hombre que dice una cosa pero oculta otra en el corazón”, exclamaba Aquiles en la Ilíada de Homero.

Por lo expuesto, sería recomendable que nuestros políticos y parlamentarios meditaran seriamente sobre sus bajos niveles de honestidad y trataran de recuperar lo necesario para un mejor desempeño de sus funciones al servicio de la colectividad. De no ser así, peligraría la estabilidad democrática, situación ésta que nadie lo quiere ni espera (www.eudoroterrones.com; eudoro.terrones@yahoo.com).