domingo, 5 de marzo de 2017

EL ORIGEN DE LA FILOSOFÍA


EL ORIGEN DE LA FILOSOFÍA

Escribe: Eudoro Terrones Negrete


Por origen de la filosofía debemos entender el punto de partida, la fuente de la que mana en todo tiempo el impulso que mueve a filosofar, debemos entender la fuente primigenia y fundamental del que procede el impulso que mueve a los hombres a filosofar.

A lo largo de la historia del pensamiento de la humanidad el origen de la filosofía constituye un complejo y controvertible problema de la filosofía. Hasta la actualidad no hay unanimidad de criterios, sólo hay respuesta parcial referente al origen de la filosofía, así como tampoco hay acuerdo unánime sobre el significado del término filosofía.

La filosofía no surgió de la nada, tuvo que surgir de algo como producto del ejercicio de las facultades cognoscitivas del ser humano. A través del proceso evolutivo histórico la filosofía no deja de tener su Prehistoria, su Historia propiamente dicha y su Protohistoria, en cuyos ciclos existenciales cumple su razón de ser, desarrolla el análisis y la autocrítica, resuelve  sus problemas, logra sus objetivos, fines y metas.

“Es a partir de la polémica que suscitan los filósofos alejandrinos durante el período helenístico cuando el origen de la filosofía comienza a convertirse en un problema. Y será a lo largo del siglo XX cuando se comiencen a encontrar respuestas explicativas de la aparición del fenómeno filosófico” (http://www.webdianoia.com).


ORIGEN MÚLTIPLE

En las expresiones del filósofo alemán y existencialista cristiano, Karl Jaspers, el “Origen es la fuente de la que mana en todo tiempo el impulso que mueve a filosofar. Únicamente gracias a él resulta esencial la filosofía actual en cada momento y comprendida la filosofía anterior”. y que “Este origen es múltiple. Del asombro sale la pregunta y el conocimiento, de la duda acerca de lo conocido el examen crítico y la clara certeza, de la conmoción del hombre y de la conciencia de estar perdido la cuestión de sí propio” (“La Filosofía”).

Si repasamos un poco la historia de la filosofía nos daremos cuenta perfectamente que el origen de la filosofía es diverso o múltiple.

Luego de una revisión de la abundante literatura existente podemos concluir que la filosofía se origina en el mito, las teogonías y religiones, el Primer Ser (Dios), el ocio, la admiración intelectual, la conciencia de impotencia, la duda metódica, la naturaleza humana, la angustia, la conciencia o la experiencia de las situaciones límites (muerte, padecer, sufrimiento, dolor, enfermedad, azar), la felicidad, y la satisfacción de las necesidades humanas.

Una adecuada explicación sobre el origen múltiple de la filosofía,  el lector podrá encontrar en mi obra “El filósofo según los filósofos” (Lima, 2005).

EL ORIGEN HEBREO Y ORIENTAL DE LA FILOSOFÍA

Algunos estudiosos de la filosofía pretenden que la palabra philosophia, procede del hebreo, porque el sophos que entra en su composición tiene sus radicales en un verbo hebreo que significa “contemplar”.

Pero también existe otra hipótesis que sostiene el origen a partir de la filosofía oriental. Sin duda existe también en Oriente concepciones que pueden ser consideradas como filosóficas con características singulares. Por ejemplo, para el Dr. Franz-Josef Brecht, de la Escuela Superior de Manheim (“Enciclopedia Abreviada Labor”, Tomo 2,)“La estructura interna de las antiquísimas y venerables culturales de Oriente puede caracterizarse como una ilimitada unidad del alma con el todo, y se revela en la maternal envoltura del espíritu por una gran unidad comprehensiva y protectora”.

Brecht, al efectuar una diferenciación entre la filosofía de Occidente y la filosofía de Oriente, expresa lo siguiente: “Pero aquí radica precisamente el hecho decisivo en cuya realización y despliegue se basa la filosofía de Occidente: que el hombre, en su ser propio, se destaca de la unidad del todo por su razón autoconsciente y su libertad pugnante, se contrapone a ella y quiere ser él mismo. Este proceso se opera entre los griegos. Mientras en Oriente todas las esferas vitales se hallan encerradas en el elemento único y omnicomprehensivo de la religión, los griegos se crean una filosofía autónoma y con una legalidad propia, como una ciencia fundada en sí misma. Esta obra se realiza sobre el telón de fondo de la fe griega y en conflicto con la religión indígena”. Algo más: Francisco Nicoli Attimis, en su obra “Filosofía”, revela que “En la exploración de las raíces históricas de la filosofía, una tradición que se remonta a los pensadores judíos de Alejandría en el siglo I a.C., sostiene que la filosofía griega procede de Oriente. Esta tradición parece sustentarse en que los principales filósofos griegos Pitágoras, Parménides, Demócrito, Platón habrían hecho suyos los conceptos científicos y filosóficos egipcios, babilónicos, hebraicos e indostánicos. Pitágoras viajó a Egipto, Platón a Cirenaica y Egipto, Demócrito a Oriente”.

En la obra “Historia del Pensamiento – Filosofía Antigua”  (Ediciones Sarpe) se refiere sobre el pretendido origen oriental de la filosofía en los términos siguientes: “Una tradición que se remonta a los filósofos judaicos de Alejandría (siglo I antes de Jesucristo) afirma que la filosofía griega procede de Oriente. Los principales filósofos griegos habrían tomado de doctrinas hebraicas, egipcias, babilónicas e indias, no sólo sus descubrimientos científicos sino también sus concepciones filosóficas más personales. Esta opinión se fue difundiendo cada vez más durante los siglos siguientes; culminó en la opinión del neopitagórico Numenio, que llegó a llamar a Platón “Moisés en versión ática”; y de él pasó a los escritores cristianos”

“Sin embargo, tal opinión no tiene fundamento alguno en testimonios más antiguos. Es cierto que se habla de viajes de varios filósofos a Oriente, especialmente a Egipto. A Egipto habría ido Pitágoras; Demócrito, a Oriente; a Egipto, Platón. Mas el propio Platón (República, IV, 435e) contrapone el espíritu científico de los griegos al afán de lucro, propio de egipcios y fenicios; y así excluye del modo más claro la posibilidad de que en las concepciones de estos pueblos se haya podido o se pueda hallar inspiración para la filosofía. Por otra parte, las indicaciones cronológicas de que se dispone acerca de las doctrinas filosóficas y religiosas orientales son tan vagas que ha de considerarse imposible establecer la prioridad cronológica de tales doctrinas sobre las griegas correspondientes”.

“Más verosímil parece a primera vista la procedencia oriental de la ciencia griega. Según Herodoto, la geometría habría nacido en Egipto a causa de la necesidad de medir la tierra y distribuirla entre sus propietarios después de las periódicas inundaciones del Nilo. Según estas tradiciones, la astronomía habría surgido entre los babilonios y la aritmética también en Egipto. Pero los babilonios cultivaban la astronomía como consecuencia de sus creencias astrológicas, o sea a fin de poder predecir el destino de los hombres; y la geometría y la aritmética conservaron entre los griegos su carácter práctico, completamente distinto del especulativo y científico de que estas doctrinas se revistieron entre los griegos”.

LA RELIGIÓN Y EL SUPREMO HACEDOR

Más allá de los conflictos habidos entre la religión y la filosofía en tiempos de la Grecia antigua, es una verdad monda y lironda que la religión ha precedido a la filosofía en todos los pueblos, países o naciones del mundo, a tal punto, - escribe Eduardo Pallares-, que “muchas sociedades no han salido del período que Comte llama teológico. En el conocimiento filosófico predomina la razón mientras que la religión descansa sobre la fe, los sentimientos y un especial modo de intuir el más allá del mundo visible…” (“Introducción a la Filosofía. ¿Qué es la Filosofía?”).

Para unos, el origen natural de la Filosofía radica en el Primer Ser o Supremo Hacedor que es Dios, argumentando que Dios es quien creó al hombre, a la naturaleza, al universo, a los animales, a las plantas, a todo cuanto hay en el mundo. Y es Dios el que infundió al hombre de su naturaleza de conocer, de su espíritu,  logos o razón como una de sus facultades cognitivas. El hombre movido por la admiración que le producen los fenómenos naturales o sociales que lo circundan trata de indagar sus causas y consecuencias, de encontrar alternativas de solución a los mismos. “Puesto que Dios es la misma sabiduría, el verdadero filósofo es aquél que ama a Dios” sentenciaba San Agustín.


LO MÍTICO-RELIGIOSO

Se puede afirmar, entonces, que la filosofía nació confundida con los misterios órficos, con la mitología, la astronomía, la dramática, la poética, la cosmogonía y la teogonía.

En los pueblos más antiguos del Oriente (indios, persas, egipcios) algunos estudiosos afirman que hubo filosofía, pero estaba confundida con la religión y era como ésta una ciencia dogmática. En este sentido, la filosofía empezó siendo imaginaria, irracional e intuitiva. Así los primeros filósofos concibieron el origen de la filosofía como el paso del mito al logos, término éste que en griego significa razón, palabra, discurso, ciencia; era el paso fundamental e irrenunciable del saber irracional al saber lógico o racional.

F.M. Cornford defiende la tesis del desarrollo del pensamiento filosófico partiendo del pensamiento mítico-religioso de Grecia del siglo VI antes de Cristo. Para él existe “una continuidad real entre la primera especulación racional y las representaciones religiosas que entrañaba”, de tal modo que “las maneras de pensar que, en filosofía, logran definiciones claras y afirmaciones explícitas ya estaban implícitas en las irracionales intuiciones de lo mitológico”.

Cornford revela cómo la estructura de los mitos de Hesíodo en la “Teogonía” se mantiene en las teorías de los primeros filósofos, rechazando éstos el recurso a lo sobrenatural y la aceptación de la contradicción. Destaca la influencia educativa de Homero y Hesíodo en la constitución y posterior desarrollo de la civilización griega, y analiza también cómo algunos de los conceptos que serán fundamentales posteriormente en la filosofía (moira (hado, destino), diké (justicia), Phycis (naturaleza), ley, dios, alma, etc.) proceden directamente del pensamiento mítico-religioso griego  ( “De la religión a la filosofía”, http://www.webdianoia.com).

Aristóteles (“Metafísica”) afirma que Hesíodo fue probablemente el primero que buscó el principio de las cosas cuando manifestó que “lo primero de todo fue el caos, después fue la tierra del amplio seno… y el amor que resplandece entre los dioses inmortales”.

Posteriormente, Ferécides de Siro fue el primer poeta cuya cosmología llegamos a conocer. Él sostuvo que antes de cualquier cosa y eternamente existían los dioses Zeus, Cronos y Ctonos. Ctonos, era la tierra; Cronos, el tiempo y Zeus, el cielo, de los cuales el dios Zeus, transformado en el dios Eros, o sea en el dios del amor, procede a la creación del mundo.

El mito forma parte del pensamiento primitivo y de la evolución de la cultura humana.  Toda cultura, toda época histórica tiene sus mitos propios, como lo tuvo el Imperio de los Incas en el Perú, por ejemplo, los mitos de Manco Cápac y Mama Ocllo, de los hermanos Ayar, de Wiracocha, de Rómulo y Remo, entre otros. “Una cultura sin mitos todavía no ha existido” escribía Alejandro Korn en sus “Apuntes filosóficos”.

La filosofía griega, que comprende cuatro etapas (cosmogónico, cosmológico, antropológico y  sistemático), llegó a construir sus más grandes concepciones de la filosofía: sobre el origen del universo; sobre los problemas del universo; sobre los problemas y el destino del hombre; sobre la naturaleza y la filosofía como sistema propiamente dicho, desarrollándose una intensa y profunda actividad intelectual, llegando a interpretarse la naturaleza de una manera mítico-religiosa y tratando de obtener una visión del origen del mundo y de los fenómenos de la naturaleza. Así es como nace la filosofía como conocimiento racional de las últimas causas o de los primeros principios de la naturaleza.

Antes de la filosofía griega existía una forma de pensar prefilosófico, era el pensamiento mítico que pretendían dar explicaciones  acerca del origen del mundo (Cosmogonía), de los problemas del universo (Cosmología) y problemas de la naturaleza (Física).

El mito, en la forma más antigua que llega hasta nosotros, surge en el siglo VI antes de Cristo y en el mito se halla presente la mentalidad primitiva, la explicación sobre el origen y la formación del mundo interior y exterior, sobre el secreto de la naturaleza, el enigma de la conciencia Hegel llegó a decir en su “Introducción a la Historia de la Filosofía” que “El contenido general de la filosofía ha existido antes en la forma de la religión, en la forma del mito, que en la forma de filosofía”.

Antiguamente se creía en deerminadas fuerzas naturales y superiores como el sol, la luna, las estrellas, el trueno, el viento, los cerros, las plantas, y fuerzas de índole artificial como los dioses y objetos creados por el hombre, a través de las cuales de pretendía dar la explicación a hechos, fenómenos, situaciones y problemas que ocurrían cotidianamente, y así se fue formando un cúmulo de creencias pre-racionales, como una necesidad, en el hombre antiguo para explicar la realidad. El mito era la pseudo-solución o la solución falsa) de los grandes enigmas filosóficos que planteaba el universo, en los inicios de la humanidad y las civilizaciones.

El gran Aristóteles, en el libro I de su Metafísica manifiesta que “el amigo de la filosofía lo es en cierta manera de los mitos, porque en el fondo de las cosas está siempre lo maravilloso”.


EL ARJÉ O PRINCIPIO DE TODAS LAS COSAS

Fueron los filósofos presocráticos, Tales, Pitágoras, Anaxímenes, Anaximandro, Parménides, Heráclito, Anaxágoras, etc., los que trataron de hallar una explicación última del cosmos, a través de un principio único, según pasamos a reseñar: Tales de Mileto: el agua es el arjé o principio de todas las cosas, el punto de partida infinito de todo cuanto hay en el mundo; Anaximandro fue el primero que utilizó en el sentido filosófico el término principio. Más tarde, el gran Aristóteles, en su Metafísica, nos describe lo que los integrantes de la escuela de Mileto, en la antigua Jonia (Asia Menor) entendían por principio: “Aquello de que son todas las cosas que existen, de dónde primeramente han nacido, y adónde se reducirán finalmente, permaneciendo la sustancia y mudándose los accidentes, tal es lo que dicen ser la materia y el principio de los seres”. Anaximandro indica que el apeirón es el origen de todas las cosas; Anaxímenes de Mileto: el aire; Pitágoras: el número; Jenófanes de Colofón: el Ser; Heráclito de Éfeso: el fuego o calor que da vida a todo; Parménides de Elea: la razón; lo mismo es Pensar y Ser; Anaxágoras de Clazómene: el “nous”; Empédocles de Agrigento: el fuego, el aire, la tierra y el agua.

RAÍZ ETIMOLÓGICA

«El problema fundamental de la filosofía radica en su nombre», afirma Przywara, toda vez que, etimológicamente, equivale a amor (philein) a la sabiduría (sophia) y el amor todos muy bien lo sabemos puede ser interpretado de diversas maneras, por ejemplo, como un «buscar afanoso» lo que no se tiene (la sabiduría, in casu) o como una «amorosa posesión» del conocimiento o saber.

El origen de la voz castellana “filosofía” proviene de la voz latina philosophia, la misma que está compuesta de dos palabras: philo o philein, que significa “amor”; sophia o sapientia, “sabiduría”.

Etimológicamente, filosofía significa “amor a la sabiduría”, “tendencia a la sabiduría”, “deseo de saber”, “aspiración a la obtención del saber”, “deseo de conocimiento”.

La palabra griega philósophos (filósofo), como sustantivo se formó en oposición al adjetivo sophós (sabio).

En las escuelas filosóficas de Platón (“Academia”) y de Aristóteles (“Liceo”) el término filosofía significaba sabiduría. Platón expresó que sólo el conocimiento de las ideas como esencia de las cosas nos conduce a la sabiduría.

El término filosofía aparece por primera vez en la obra “Historia” de Herodoto. Este célebre historiador griego introdujo el verbo filosofar, entendido como actitud mental superior del hombre.

En cambio Santo Tomás de Aquino refiere que la palabra Filosofía en su sentido estricto fue utilizado por primera vez por el matemático y filósofo Pitágoras de Samos (580-500 a.C.), quien al ser interrogado sobre su profesión, respondió que era filósofo, es decir, amante o amigo de la sabiduría (viritatis amicus), pero no sabio o “sophos”. Pitágoras fundó, asimismo, una sociedad para el cultivo de la filosofía en la Italia meridional, durante la segunda mitad del siglo VI antes de Cristo. 


EN GRECIA  EMPIEZA LA FILOSOFÍA

La filosofía, tanto por su denominación, su contenido y sus problemas, es una invención propiamente de los griegos.

Hace más de dos mil quinientos años, la historia de la filosofía empieza propiamente en Grecia, en el siglo VI antes de Cristo, en las costas e islas del mar Egeo y del mar Jónico, específicamente en Mileto.

Según el filósofo griego, Aristóteles, la filosofía nació con Tales de Mileto, porque fue el primer filósofo que buscó respuestas concretas y realistas a sus preguntas sobre el origen de todas las cosas y del mundo, acudiendo a la razón y no a la mitología. Esta posición, según los estudiosos de la historia de la filosofía, parece ser ampliamente aceptada, aun cuando hay quienes sostienen que la filosofía apareció en el mismo periodo de tiempo en Grecia, en China y en la India.

La tesis del denominado “milagro griego” es la tesis expuesta por J. Burnet según la cual la filosofía habría tenido su origen en Grecia antigua de una forma abrupta y radical debido a la genialidad del poblador griego. El único fundamento invocado por Burneo para el origen de la filosofía es la “genialidad”, no recurre a causas históricas, sociales, políticas ni culturales.

Los griegos fueron los primeros en asumir la tarea del filosofar o en practicar la actitud filosófica, dando nacimiento a la filosofía, entendida ésta como una forma de pensamiento racional por excelencia y connatural a todo ser humano. Wilhelm Dilthey, nos dice al respecto que “La filosofía nació en Grecia, donde personas enteramente independientes encararon directamente el conocimiento del mundo con un saber universalmente válido” (“Esencia de la filosofía”).

Dilthey afirma, muy convencido por cierto, que: “Así nacieron en Grecia simultáneamente la filosofía, su concepto y la expresión filosófica. Fue denominado por Herodoto “sofós” a todo aquél que se destacaba por una actividad espiritual superior. El nombre de sofistas es atribuido por él a Sócrates, a Pitágoras y a otros filósofos antiguos, y aplicado por Jenofonte a los filósofos naturalistas. La palabra filosofía significa, en general, en primer lugar, en el uso lingüístico de los tiempos de Herodoto y de Tucídides, el amor a la sabiduría, y su búsqueda: la nueva posición espiritual griega, pues con este nombre el griego designa la indagación de la verdad por la verdad misma, como un valor independiente de toda aplicación práctica”.

Diógenes Laercio, al referirse sobre el origen de la filosofía escribe lo siguiente: “Dicen algunos que la filosofía tuvo su principio en los bárbaros (extranjeros). Porque…había existido entre los magos persas, entre los babilonios o entre los siriocaldeos, entre los ascetas de los indios, entre los celtas y galos…; también existieron filósofos fenicios…; los egipcios dicen que fue Efaisto (Vulcano), hijo del Nilo, el que comenzó la filosofía, que fue la de los primeros sacerdotes y profetas… Pero ignoraron ellos los favores recibidos de los griegos, pues no solamente la filosofía, sino todo el linaje humano comenzó por los griegos, ya que precedieron a los extranjeros” (“Vidas de los filósofos ilustres”).

En Grecia hubo sofistas y sabios, que cumplieron un importante papel en el desarrollo dialéctico de la filosofía, imprimieron un determinado perfil filosófico a la época y contribuyeron al desarrollo de la filosofía y la ciencia griega.


LOS SOFISTAS

El término sophistes significa “maestro en sabiduría, maestría o pericia en alguna cosa. Hesíodo, utiliza el término sophíe con el significado de experiencia o maestría en el sentido espiritual y es quien utiliza por primera vez el verbo sophízesthai cuando se dispone a dar a su hermano Perses consejos sobre navegación, a pesar de no ser un experto en este arte (nautilíes sesophisménos).

“En una época en que había en Grecia muy escasa enseñanza sistemática, si es que había alguna, los sofistas realizaron esa labor. Eran maestros ambulantes, que daban lecciones sobre una base puramente profesional. La más respetable de sus actividades fue simplemente la provisión de una cultura literaria. Pero hubo otros que enseñaron materias de importancia práctica más inmediata” refiere Bertrand Russell (“La sabiduría de Occidente”).

Los sofistas, eran hombres elocuentes, dialécticos, conferenciantes públicos, filósofos prácticos,  precursores de la educación superior que estaban orientados a la aplicación del aspecto social de la ciencia; fueron maestros que arribaron a Atenas, procedente de ciudades extranjeras, con el fin de “popularizar los conocimientos”. Lograron incursionar en la política, la moral, la religión, la educación, el lenguaje y realizaron una permanente labor crítica de las instituciones.

Sabían o simulaban muy bien saber de todo: aritmética, geometría, astronomía, música, retórica, política, fonética, pintura, música, arte, entre otros, pero centraron su filosofía en problemas antropológicos frente a lo cosmogónico y cosmológico de los filósofos presocráticos.

Los sofistas, inicialmente, eran hombres prácticos,  enseñaban los métodos adecuados y eficaces para llegar al conocimiento, encontrar la verdad,  saber vivir bien, gobernar bien y vencer al adversario en las luchas políticas. Enseñaban la areté o virtud, el dominio de las palabras para ser capaces de persuadir a otros y ganar en una contienda política. Con las palabras de Protágoras, diríamos que los sofistas se preocupaban en “Poder convertir en sólidos y fuertes los argumentos más débiles”.

Los sofistas practicaron el relativismo, al negar la existencia de una verdad universal, absoluta y necesaria ante el escepticismo de obtener un conocimiento verdaderamente objetivo de la naturaleza última del universo. Pero también cultivaron el escepticismo, pues no creían que el ser humano fuese capaz de conocer una verdad general y válida para todos; decían que “Cada quien tiene su verdad”, por lo que tantas verdades hay como personas pensantes. Protágoras afirmaba: “Como cada cosa me aparece, así es para mí; y como aparece a ti, así es para ti”.

Pero también los sofistas fueron expertos en la erística, es decir, en el arte de discutir; dominaron la retórica y el arte de pronunciar bellos y magníficos discursos; percibieron honorarios por sus enseñanzas a familias y jóvenes de poder económico, hecho por el cual Platón y Aristóteles los denominaron “mercaderes de la enseñanza”.

Demostraron ser capaces de distinguir entre las leyes sociales (nómos) que son productos del hombre, y las leyes de la naturaleza (Phycis). Las leyes eran para ellos simples convencionalismos humanos, normas adoptadas para vivir como personas civilizadas y no como animales.

Los sofistas llegaron a introducir el nuevo concepto filosófico: Eudaimonía o felicidad del ser humano, aunque no constituyeron nunca una escuela unitaria, eran un grupo heterogéneo con puntos concordantes en común, como el relativismo, empirismo, agnosticismo y ateísmo.

Los sofistas fueron reprochados por Aristófanes, Jenofonte, Platón, Isócrates y Aristóteles.  Para Aristófanes  los sofistas carecían de todo sentido ético y sabían cómo ganar las causas malas con tal de que se les pague; Jenofonte los califica de corruptores de la juventud y de simples eruditos recopiladores; Platón veía en los sofistas a comerciantes charlatanes que alaban sus mercancías para venderlas de cualquier manera y eran sabios en apariencia; Isócrates, por su parte, critica a los sofistas de su época al presentarlos como individuos de escasa talla intelectual y que tienen por meta el lucro personal; finalmente, para Aristóteles los sofistas son unos pseudofilósofos que tratan de impresionar con la prédica de una falsa sabiduría.

LOS SABIOS

¿Quiénes eran los sabios en la Grecia antigua? Los sabios, eran los que cultivaban el “amor al saber”, ”los amigos de la sabiduría”, “los amantes del conocimiento”; sabían todo y de todo, eran aquellos pensadores que cultivaban y dominaban todas las ramas del saber humano; no cobraban por sus enseñanzas; concibieron el arte de enseñar como un servicio social que prestaban a la comunidad. Los “sabios” griegos eran matemáticos, físicos, químicos, astrólogos, médicos, poetas, músicos, artistas, etc., en tanto y en cuanto la filosofía era aún considerada como la “madre de todas las ciencias”. Y es que la filosofía era en sus orígenes equivalente a sabiduría, a ciencia o a saber; y, filósofo, equivalente a sabio; la sabiduría no era propiedad de nadie, sino un objeto de búsqueda, un ideal que deberá encontrar el filósofo. Mientras el filósofo buscaba acumular el saber o aún no había encontrado el verdadero conocimiento de las cosas, el sabio ya tenía acumulado el saber, ya había encontrado dicho saber.

Para Santo Tomás de Aquino “El que simplemente conoce la suprema causa, Dios, es denominado simplemente sabio, en cuanto que, por los preceptos divinos, puede juzgar y ordenarle todo” (“Suma Teológica”, cuestión 45).

“Quien es sabio no filosofa”, nos dice Platón en su “Banquete”, porque el sabio no es aquel que ama a la sabiduría o aspira a saber, pues ya lo posee o tiene.

EL FILOSOFAR COMO ORIGEN DE LA FILOSOFÍA

Se dice, no con poca razón, que la filosofía se origina cuando el hombre empieza a filosofar. Para el filósofo mexicano, Fernando Savater, “En cierto sentido, todos somos filósofos”. La filosofía es producto de la actividad del filósofo (el filosofar). Filosofar que algunos pensadores lo han definido como “aprender a vivir” y “aprender a morir”, una ocupación intelectual o reflexiva propio del filósofo tratando de conseguir una explicación a cuestiones, situaciones o problemas que se plantea en su cotidiana existencia o de resolver el enigma de la vida y del mundo.

Y precisamente fueron los griegos los que empezaron por preguntarse de qué están hecho todas las cosas, cuál es el principio o fundamento de las cosas, etc., fueron los griegos los que dieron las primeras respuestas a través de los filósofos presocráticos. Y empezaron explicando que el origen de todo cuanto hay en el universo radica en el agua, el aire, el fuego, el apeirón, el número, el cambio, el logos o razón, el átomo, entre otros.

Pero en lo que se refiere al uso por vez primera de la forma verbal “filosofar” se atribuye a Heráclito de Éfeso, cuando dijo: “Conviene que los hombres filosofen, es decir, que sean sabedores de muchas cosas”. “Es necesario que los hombres filósofos sean buenos indagadores (istoras) de muchas cosas”.

Al respecto, Heráclides Póntico refiere que Pitágoras, en su afán de no considerarse “sabio” – pues estaba convencido que la “sabiduría” sólo era potestativo de Dios- cierta vez llegó a Fliunte (ciudad del Peloponeso) en donde por sus grandes dotes de elocuente, disertador, se ganó el aprecio y la popularidad de parte del tirano Leonte –príncipe de los fliuntinos- y llevado por éste al interrogatorio sobre cuál era el arte que cultivaba, Pitágoras respondió: “ninguno” y más bien era “filósofo” o amante de la sabiduría. F. M. Sciacca atribuye también a Pitágoras el mismo mérito: “Dice la tradición que fue Pitágoras quien, como retrocediendo humildemente frente a la majestad de la sabiduría divina, se nombró por vez primera no sabio sino filósofo: simplemente amigo de la sabiduría, veritatis amicus. Sofía es la ciencia de Dios, filosofía es la ciencia del hombre. Dios “no es filósofo”, dice Platón, porque es el Sabio” ( “La Filosofía y el concepto de la Filosofía”).

Resulta que Pitágoras, y más tarde Sócrates, entendían y estaban convencidos que “sólo Dios es el verdadero sabio” y que el hombre por su propia naturaleza imperfecta y mortal, por “asemejarse a Dios en todo lo posible” era sólo “amante del saber”, es decir un filósofo.

LA GRANDE ADMIRACIÓN INTELECTUAL

El Diccionario de la Real Academia Española define el término asombro como “grande admiración”, especie de sentimiento de alegría y regocijo que la persona experimenta ante lo que considera bello, maravillo o grande.

Platón, Aristóteles, Descartes, Montaigne, Heidegger, P. Aubenque y Jaspers coinciden en afirmar que el asombro o el admirarse es el origen o principio de la filosofía, por cuanto fue el asombro o la admiración lo que impulsó a los primeros filósofos griegos (los presocráticos), a preguntarse por el qué, el cómo,  el por qué y el para qué de las cosas. El sentimiento de la propia extrañeza, la impresión de estar perdido en el mundo, la conciencia de que es contingente, perecedero y finito, también han llevado al ser humano a interrogarse sobre sí mismo y sobre el sentido y la orientación de su propia existencia. En las líneas que siguen se transcribe las expresiones de los filósofos referidos.

Platón: “Pues lo que propiamente hace al filósofo es este su estado, el admirarse, no tiene en efecto, la filosofía otro origen distinto de éste” (Teetetos).

Aristóteles: “Fue la admiración lo que inicialmente empujó a los hombres a filosofar. De entre aquellas cosas que admiraban y de las que no sabían darse la razón, se aplicaron primero a las que estaban más a su alcance. Luego, avanzando poco a poco, aplicaron su espíritu inquisitivo a fenómenos de mayor monta, como las fases de la Luna, el curso del Sol y las estrellas y, por último, la formación del universo” (“Metafísica”).

Descartes, considera a la admiración como “la primera de las pasiones” en el acto de filosofar, cuando expresa lo siguiente: “Desde que se presenta a nosotros algún objeto insólito y que consideramos nuevo, o muy diferente de lo que debíamos haber conocido antes, o de lo que suponíamos que debía de ser, resulta que lo admiramos y que somos impresionados por ello. Y como esto puede suceder antes de que sepamos en modo alguno, si este objeto nos conviene o no, la admiración me parece que es la primera de todas las pasiones y carece de opuesto, porque si el objeto que se presenta no tiene en sí nada que nos sorprenda, no tenemos afección por él, y lo consideramos sin pasión” (“Tratado de las Pasiones”).

Sören Kierkegaard decía: “si el filósofo no admira (¿y cómo podría admirar una construcción necesaria sin contradicción?) es por ello extraño a la historia; ya que donde entra en juego el devenir (que está ciertamente en el pasado), la incertidumbre de lo que ha devenido con certeza (la incertidumbre del devenir) no puede expresarse sino por medio de esta emoción necesaria al filósofo e inherente a él” (“Migajas filosóficas”).

Para el filósofo existencialista alemán, Martín Heidegger, “Es a través del asombro, en efecto, que los hombres alcanzaban-ahora como también al principio- el punto de partida dominante del filosofar (aquello de donde el filosofar proviene y aquello que determina sin interrupción el curso del filosofar..En el asombro nos detenemos (etre en arret). Retrocedemos por decirlo así, ante el ente, ante (el hecho) que es y es así y no de otra manera. Pero el asombro no se agota en este retroceder ante el ser del ente sino que, en cuanto es este retroceder y este detenerse, es al mismo tiempo arrastrado hacia y por así decirlo encadenado por aquello ante lo cual retrocede. Así el asombro es la disposición en la que y para la que se abre el ser del ente. La admiración es la disposición en cuyo interior, para los filósofos griegos, la correspondencia al ser del ente se hallaba acordada.  (“¿Qué es esto, la filosofía?”).

“El fundamento de toda filosofía es la admiración”, señala Montaigne.

“El origen de la filosofía – dice P. Aubenque- es el asombro de que las cosas sean lo que son… La filosofía no nace de un impulso espontáneo del alma, sino de la presión misma de los problemas: las cosas se manifiestan, se imponen a nosotros como contradictorias, como interrogándonos; nos empujan, a pesar nuestro, a la búsqueda” (“Le probléme d l`ètre chez Aristote, 1962).

Para el filósofo Karl Jaspers “El admirarse impele a conocer. En la admiración cobro conciencia de no saber. Busco el saber mismo” (“La filosofía”).

EL OCIO

La filosofía no se origina por azar, ni por una necesidad social o praxis, ni como una mera reflexión sobre el conocimiento, el hombre, el mundo y las cosas. La filosofía se origina como producto de la liberación de las ocupaciones y menesteres cotidianos del hombre, como producto del ocio, como desinteresada y silenciosa contemplación de la verdad y de la realidad.

El ocio es el cese de la actividad laboral, el cuerpo cede en su tensión, se relaja y se pone al servicio del espíritu del hombre. Alguien dijo que el ocio implica un verterse del hombre sobre sí mismo,  un encontrarse del hombre consigo mismo, es un acoger dentro de sí de todas las cosas para contemplarlas. El ocio es la captación intuitiva y contemplativa del Ser y en el Ser y es el apartarse del ser humano de los denominados negocios temporales, es la provechosa actividad de la no-actividad a fin de levantar al hombre a la plenitud de su condición humana.

LA DEBILIDAD Y CONCIENCIA DE IMPOTENCIA

En el siglo I de nuestra era, el filósofo estoico Epícteto decía que “El origen de la filosofía es el percatarse de la propia debilidad e impotencia”. ¿Cómo salir de la impotencia? La respuesta de Epicuro decía: considerando todo lo que no está en mi poder se aprovechan, no vuelven más” (K. Jaspers, “La filosofía”).

Para el referido filósofo el origen de la filosofía radica en la conciencia de la propia impotencia e incapacidad en las cosas necesarias. El hombre debe diferenciar entre las cosas que dependen de él (opinión, sentimiento, deseo, aspiraciones, etc.) y las que no dependen de él (la vida, la muerte, los temblores, las inundaciones, etc.). El hombre, una vez aprendido la distinción debe “darse cuenta de que las opiniones humanas se contradicen entre sí, debe buscar las causas por las que se producen los conflictos, debe condenar el parecer simple y desconfiar de él, indagar acerca de los pareceres y ver si responden o no a la realidad, tratando de hallar un medio de verificación”.

LA CONCIENCIA SOCIAL

“Los conocimientos acumulados por la historia, las ideas políticas y jurídicas, las realizaciones del arte, la moral, la religión y la psicología social constituyen la conciencia de la sociedad en su conjunto” señalan Rosental-Iudin en su “Diccionario filosófico”.

La conciencia social viene a ser la simultánea compenetración indisoluble del saber que tiene el hombre sobre la sociedad, los conglomerados o grupos sociales, las relaciones entre los grupos sociales, sobre el acto de ese saber y del saber sobre el fundamento y sujeto de dicho acto. La conciencia social se forma a través del pensar y el hacer (actuar) del hombre en sociedad, situación que lo lleva al hombre a comprender su mundo social y a transformarla con sentido social y responsabilidad social. No puede haber conciencia social del hombre al margen de la sociedad

Para I. Blauberg, P.Kopnin e I. Pantin “La filosofía surgió como una forma peculiar de conciencia social, durante la sociedad esclavista, en que se amplió la esfera de influencia del hombre la naturaleza, el trabajo intelectual se separó del trabajo físico y la sociedad se dividió en clases contrapuestas, con una concepción diferente del mundo. Al principio todos los conocimientos acumulados por el hombre integraban la filosofía, que constituía una ciencia indivisible. En el desarrollo del conocimiento comenzaron a separarse de la filosofía distintas ramas del saber, y se produjo el proceso de formación de la problemática filosófica propiamente dicha…” (“Breve Diccionario Filosófico”).

LAS SITUACIONES-LÍMITE

Karl Jaspers expresa que “El origen de la filosofía está, pues, realmente en la admiración, en la duda, en la experiencia de las situaciones límites –la muerte, el acaso, la culpa y la desconfianza que despierta el mundo- , pero, en último término y encerrando en sí todo esto, en la voluntad de la comunicación propiamente tal. Así se muestra desde un principio ya en el hecho de que toda filosofía impulsa a la comunicación, se expresa, quisiera ser oída, en el hecho de que su esencia es la coparticipación misma y ésta es indisoluble del ser verdad”.

LA DUDA METÓDICA O SISTEMÁTICA

La filosofía se origina en el preciso instante en que empezamos a dudar de todo lo que vemos, oímos, olemos, palpamos, gustamos, sentimos, razonamos, imaginamos, intuimos, recordamos y aspiramos alcanzar algo en nuestras vidas; pero también cuando comenzamos a dudar de nuestras emociones, pasiones, de nuestras ideas, creencias, pensamientos, dogmas y de los axiomas preferidos. Como bien puntualiza Will Durant “No existe, en realidad, una filosofía mientras el espíritu no vuelve sobre sí y se examina a sí mismo. Gnothi seautòn, dice Sócrates; conócete a ti mismo” (“Historia de la Filosofía”).

Ante la duda escéptica, que viene a ser la suspensión de todo juicio acerca de la verdad o falsedad de una proposición, el filósofo y matemático francés, Renato Descartes,  atribuía  a la duda metódica el origen de la filosofía y la fuente primaria del examen crítico de todo conocimiento. Y en este quehacer intelectual, expresaba Descartes: “No es suficiente tener una buena cabeza. Lo principal es usarla bien”.

Descartes escribe en su “Discurso del método”: “Por qué entonces quería dedicarme solamente, a la búsqueda de la verdad, pensaba que era necesario…que rechazase, como absolutamente falso, todo aquello en la que pudiese imaginar la menor duda, a fin de ver si al cabo me quedaba algo de mi creencia que fuese indudable”.

Según manifiesta el filósofo español José Ortega y Gasset, “La duda metódica, la decisión de dudar de cuanto tenga un sentido inteligible dudar, no fue en Descartes una ocurrencia como lo es su fórmula inicial sobre la indubitabilidad de la vida. La resolución de la duda universal es sólo el anverso o instrumento de otra resolución más positiva, la de no admitir como contenido de la ciencia sino lo que podamos probar…La duda metódica no es, pues, una aventura de la filosofía: es la filosofía misma, percatándose de su propia y nativa condición” (“¿Qué es la filosofía?”).

La duda metódica se constituye en un verdadero método de investigación filosófica sobre la verdad del conocimiento o la esencia de las cosas propuesto por Descartes. La duda metódica es la suspensión radical, aunque transitoria o temporal, de la validez del conocimiento, con el fin de investigar la verdad científica. “La buena filosofía comienza con la duda, pero no termina nunca con la obstinación” decía el abate Galiano (1681-1753).

LA VOLUNTAD DE LA COMUNICACIÓN

No habría sido posible que las ulteriores generaciones, después de los griegos, se enteren del nacimiento de la filosofía o de la ciencia si los filósofos no hubiesen comunicado sus pensamientos a través del lenguaje oral o del lenguaje escrito, del lenguaje verbal o del lenguaje no verbal, única forma por el cual fue posible conocer o saber qué es lo que pensaron los filósofos presocráticos, cómo es que llegaron a encontrar la verdad de las cosas o explicarse los fenómenos sobrenaturales, naturales, sociales, políticos, morales, entre otros. No se equivoca Karl Jaspers cuando sentencia que “…toda filosofía impulsa a la comunicación, se expresa, quisiera ser oída, en el hecho de que su esencia es la coparticipación misma y ésta es indisoluble del ser verdad. Únicamente en la comunicación se alcanza el fin de la filosofía en el que está fundado en último término el sentido de todos los fines: el interiorizarse del ser, la claridad del amor, la plenitud del reposo” (“La filosofía”).

Una mayor información y explicación sobre el origen de la filosofía el lector podrá encontrar en mi obra “El filósofo según los filósofos” (Lima,2005), donde, -luego de una revisión del pensamiento de filósofos e investigadores de diferentes épocas históricas-, trato de condensar el origen de la filosofía como producto de: el mito, el ocio, la admiración intelectual, la conciencia de impotencia, la duda metódica, la naturaleza humana, la angustia, la muerte, las situaciones-límites (muerte, dolor, lucha, culpa, azar, enfermedad, etc.), la felicidad y la satisfacción de las necesidades humanas.

LA NATURALEZA HUMANA

El origen natural de la filosofía, para otros autores, es la misma naturaleza del ser humano. Por eso es que todo hombre movido por el asombro o la admiración que le producen los fenómenos, hechos, situaciones y circunstancias que lo rodean trata de averiguar, de conocer y de explicar sus causas últimas o supremas: a esto es lo que se llama filosofar y esta propensión la tiene el hombre por su propia naturaleza.

LA ANGUSTIA

Para algunos filósofos lo que mueve al hombre a filosofar es la angustia o sea ese peculiar temple de ánimo mediante el cual se manifiesta la nada. La angustia (del latín angere: estrechar, estrangular, atormentar, constreñir) es un modo de encontrarse y de descubrirse a sí mismo en su auténtica existencia, es una especie de desinterés y desposeimiento de las cosas del mundo exterior; es un estado afectivo de zozobra e incertidumbre ante el mundo y sin objeto específico; es un sentimiento de inquietud por un mal que se aproxima.

 “Llamaremos angustia- escribe Sartre-, precisamente, a la conciencia de ser uno su propio devenir en el modo del no serlo” (“El ser y la nada”).

Kierkegaard afirma que “la angustia es el vértigo de la libertad” y que  “Existir es mantenerse dentro de la nada, y la nada es la que hace posible al ente y la que me hace posible a mí mismo”. Para Heidegger, la angustia es el sentimiento de la nada, de donde emerge el existente, y constituye, en suma, su esencia más profunda.

LA MUERTE

No sólo se filosofa sobre la vida, sobre algo que conocemos y que adquirimos como experiencia cotidiana a lo largo de nuestra existencia, sino también se filosofa sobre la muerte, sobre algo que no sabemos como es ni cuando llegará.

La vida del hombre no es un camino de rosas, no es sólo alegría y placer. También es sufrimiento y dolor. Si la vida careciera de sufrimiento, de dolor, jamás el hombre hubiera filosofado sobre su existencia, sobre su razón de ser en este mundo, sobre la importancia de la vida o la propia existencia del universo.

En todo tiempo de la humanidad no dejaron de existir personajes que filosofaron sobre el fenómeno biológico natural de cesación de la vida, que meditaron sobre la conciencia de la muerte, sobre aquel absurdo de la vida o el acabamiento del hombre, como uno de los orígenes de la filosofía. Meditaron no sólo acerca de la filosofía de la muerte sino también sobre la muerte de la filosofía.

Sócrates decía que la única ocupación del filósofo era la de prepararse para la muerte. Para él, ser filósofo filólogo o enamorado del logos, es haberse liberado de la locura del cuerpo, desligar el alma del cuerpo para que el alma logre la revelación del ser, que se ofrece en el pensamiento, en el logos. Y en eso –y no en otra cosa- consiste la ejercitación para la muerte que Sócrates encomendaba a la filosofía.

Son expresiones de Epicuro las siguientes: “Cuando la muerte es, nosotros no somos; cuando nosotros somos, la muerte no es”.

Son palabras de Montaigne: “Si la muerte es el origen de la filosofía, y el filosofar es aprender a morir, filosofar es, entonces, aprender a dejar de ser esclavos. De donde, no hay más manera de aprender a vivir, que aprender a morir.”.

Jaspers llegó a decir que “El filosofar es un aprender a vivir y saber morir. A causa de la inseguridad del existir en el tiempo es la vida constantemente un ensayar. Si filosofar es aprender a morir, este saber morir es justamente la condición de la vida recta. Aprender a vivir y saber morir es uno y lo mismo”.

LA FELICIDAD

Para el más célebre de los Padres de la Iglesia latina y fundador de la filosofía de la religión, San Agustín, el origen de la filosofía es la felicidad, cuando dice que “comúnmente todos los filósofos en sus estudios, en sus investigaciones, en sus disputas, en su vida toda buscaban la felicidad”.

LAS NECESIDADES HUMANAS

El filósofo inglés Francisco Bacon dice que el origen de la filosofía es la satisfacción de las necesidades humanas. Por su parte, el filósofo francés y padre del positivismo, Augusto Comte, afirma que el conocimiento está ordenado con la finalidad de hacer la vida más fácil.