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24 de abril de 2026

JOSÉ ORTEGA Y GASSET, EL EDUCADOR PARA LA VIDA CREATIVA

JOSÉ ORTEGA Y GASSET, 

EL EDUCADOR PARA LA VIDA CREATIVA



Escribe: 

 

Dr. Eudoro Terrones Negrete

 

José Ortega y Gasset (1883-1955), es uno de los ilustres intelectuales representativos de la denomina “Generación del 98”, cuyo pensamiento se desarrolló durante la primera mitad del siglo XX, llegando a combinar su vida académica universitaria con el periodismo, la política y la producción intelectual e investigativa. Se destacó por su enfoque en la educación y la formación integral del individuo para que pueda alcanzar su máximo potencial creativo y aplicarlo en aras del bien común.Abogó por una educación que fomentara la creatividad, la curiosidad y la crítica, en lugar de la mera transmisión de conocimientos.Creía que la cultura debía ser una fuerza viva y dinámica, que inspirara a las personas a crear e innovar.Creía, finalmente, que el educador debía ser un modelo de creatividad y pasión por el conocimiento, y que cada persona tenía un proyecto vital único y que debía esforzarse por realizarlo.

 

“Se ha llamado “generación del 98” a un grupo de escritores que a raíz de los desastres marcados por la fecha a que ese término alude (1898: pérdida de Cuba, Puerto Rico, Filipinas, últimos restos del imperio colonial), trató de buscar en la propia entraña española la reconstrucción ideológica con franco pesimismo y criticismo. Los intelectuales más representativos de ese grupo son Ángel Ganivet, Miguel de Unamuno, José Martínez Ruiz (Azorín), Pío Baroja, Ramón del Valle Inclán, Antonio Machado, José Ortega y Gasset: unos poetas, otros novelistas, otros filósofos o críticos; los más participando en mayor o menor grado de varias de esas cualidades; otros, grandes maestros o eruditos como Manuel Bartolomé Cossío o Ramón Menéndez Pidal”.[1]

 

José Ortega y Gasset es un notable filósofo de la cultura, político, sociólogo, gran maestro en el género del ensayo, notable crítico literario, periodista cultural, expositor original y hombre cultísimo y artista insuperable,  que consagró su oba a estudiar la psicología del pueblo español; profesor numerario de psicología, lógica y ética de la Escuela Superior del Magisterio de Madrid; y ganó por oposición la cátedra de metafísica de la Universidad Central; nació en Madrid el 9 de mayo de 1883 y falleció en la misma ciudad el 18 de octubre de 1955, sus restos yacen en el cementerio de San Isidro. En 1955 fue diagnosticado de cáncer gástrico.

 

Alain Guy en su Historia de la filosofía española (Barcelona, 1985.289) manifiesta: “Ortega quiso ser ante todo el reformador sistemático de la filosofía española; después del despertar causado por Unamuno, quiso introducir orden y claridad en aquel caos de sugerencias más o menos constructiva que, de acuerdo con su carácter impulsivo, había lanzado el maestro vasco-salmantino; con este fin, se consideró “un profesor de filosofía in partibus infidelium que predicaba el espíritu metódico y científico a sus compatriotas proponiéndoles el modelo europeo (principalmente el alemán), en lugar de dejar que se acurrucaran en su idiosincrasia ibérica, demasiado anclada según él en el molde africano demasiado dogmático. Para hacerlo, Ortega tuvo que proceder, las más de las veces, de una forma encubierta, es decir literaria, seduciendo a sus lectores con un estilo elegante, el de un “aristócrata en la plaza pública” según su propia fórmula”.

 

José Ortega y Gasset es el más grande y más leído de los filósofos españoles contemporáneos, tanto en su país como en el resto del mundo, convirtiéndose en popular su pensamiento y de obligada lectura en los círculos cultos nacionales y extranjeros su copiosa producción intelectual. Gaspar Gómez de la Serna diría de él que “es sin duda, el pensador más universal que ha producido, por hoy, la España contemporánea” y Ángel González Álvarez afirma que Ortega y Gasset “Frente a la llamada generación del 98, reactualiza el ideal de europeización que fue característico de krausistas e institucionistas. Ortega es, con todo, un pensador independiente en el medio español. De todos nuestros escritores del siglo XX es el que ha logrado un magisterio más extenso”.[2]

 

Siguiendo una tradición familiar cultivó el periodismo y colaboró incansablemente con artículos en periódicos, revistas y enciclopedias en España, Iberoamérica y el mundo y con brillantes escritos sobre acontecimientos, hombres y cosas, ciencia, técnica, filosofía, artes, ética y cultura, Kant, Dilthey, Max Scheler, Mirabeau, Proust, Baroja, Dostoievski, entre otros. Sus artículos y libros han sido traducidos a muchas lenguas.

 

Ortega y Gasset tuvo por discípulos a José Gaos, Julián Marías, Manuel Granelli, Xavier Zubiri, Pedro Font y Puig, María Zambrano, Eduardo Nicol, Manuel García Morente, Joaquín Xirau, Daniel García Bacca, Luis Recasens Siches, Pedro Lain Entralgo, Paulino Garagorri, José Ferrater Mora, entre otros.

 

Ortega y Gasset fue muy agudo, insaciable y previsor sobre los problemas estructurales de la sociedad, la cultura, la historia, la literatura, el arte, la política, la filosofía y la realidad humana.

 

Luis Alberto Sánchez, al escribir el Prólogo de “La rebelión de las masas” en 1975 señala que Ortega y Gasset era un pensador de “mente abierta y estilo claro y armonioso como pocos, príncipe de un barroquismo renovado, basado en una arquitectura del estilo más funcional que decorativa, pero airosa y elegante siempre”. Y agrega: “Ejerció un magisterio permanente. Enseñó a pensar claro y escribir bello a quienes creía que pensar alto implicaba la contradictoria responsabilidad de escribir mal. En una órbita supranacional y extraeuropea. Ortega pertenecía a la clase de grandes ensayistas…”

 

Ortega escribió un artículo sensacional titulado “Delenda est Monarchia, es decir: “Hay que derribar la Monarquía”. Y la Monarquía cayó el 14 de abril de 1931. Y como no estuvo de acuerdo con la orientación política del nuevo régimen hizo una sostenida y fuerte campaña para “rectificar el perfil de la República”, y luego durante la Guerra Civil (1936-1939) guardó silencio, alejándose de la lucha política.

 

Como pocos filósofos de su época, Ortega y Gasset tenía gran dominio del idioma, facilidad de palabra, claridad y precisión en los temas y problemas que abordaba. No con poca razón se afirma que el estilo original del filósofo Ortega ha alcanzado una “máxima diafanidad”: “la claridad es la cortesía del filósofo”, solía repetir en los escenarios académicos que se presentaba como conferenciante.

 

“Uno de los méritos mayores de Ortega es la renovación total de la cultura intelectual española por la divulgación de ideas hasta entonces desconocidas en la península, sobre todo de pensadores alemanes. Dilthey, Scheler, Simmel, Rickert e Windelband, el teólogo Rudolf Otto, los historiadores de artes Wolfflin y Max Dvorak, la psicología de la Gestalt, el análisis estilístico, etc.”[3] No con poca razón se lo considera a Ortega como un extraordinario promotor, organizador y vulgarizador de la cultura de su tiempo. Los problemas de la cultura, por ejemplo, los ha abordado en muchas obras, pero preferentemente en Meditaciones del Quijote, Vieja y nueva política, España invertebrada, La redención de las provincias y Rectificación de la república.

 

“Ortega y Gasset inició su obra de escritor colaborando en Los Lunes del Imparcial, periódico del cual era director su padre, el novelista José Ortega Munilla. Más tarade, al volver de Alemania, continuó sus actividades periodísticas escribiendo en El Sol y en las revistas España y Revista de Occidente, fundadas y dirigidas éstas últimas por él. Entre los años de 1916 y 1934 cultivó el ensayo y sus trabajos andan dispersos en los ocho tomos de El Espectador. Por esa época escribió también algunas de sus aportaciones más importantes al desarrollo del pensamiento en España.”[4]

José Ortega y Gasset tiene una relación estrecha con el periódico El Imparcial y su suplemento literario Los Lunes de El Imparcial, ligado a la familia Gasset. El Imparcial fue fundado en 1867 por Eduardo Gasset y Artime y fue uno de los periódicos más influyentes de España en su época. Su suplemento Los Lunes, lanzado en 1874, se convirtió en un referente literario, con artículos de gran prestigio en literatura, arte y ciencia.

José Ortega y Gasset no solo colaboró sino que llegó a dirigir este suplemento a partir de 1906, sucediendo a su padre José Ortega Munilla, quien había dirigido Los Lunes desde 1879 hasta 1906. Bajo la dirección de Ortega y Gasset, Los Lunes alcanzó un alto nivel ensayístico, literario y lírico, siendo un espacio importante para la promoción de la generación novecentista que él representaba.

El contexto familiar también es importante: el padre de José Ortega y Gasset, José Ortega Munilla, fue director del periódico y del suplemento Los Lunes, y la familia Gasset era propietaria y llevaba la dirección del periódico desde 1879. Ortega y Gasset desde joven tuvo una visión del papel modernizador que la prensa y los medios debían tener, y El Imparcial fue la plataforma desde donde impulsó esta idea, aunque posteriormente se involucró en otros proyectos editoriales y revistas.

José Ortega y Gasset tuvo un papel destacado en la dirección y consolidación de Los Lunes de El Imparcial como un suplemento literario esencial, continuando la tradición familiar de vinculación con El Imparcial, un medio capital para la influencia cultural y política en España a finales del siglo XIX y principios del XX

Al respecto el profesor universitario argentino Juan Mantovani, en su obra “Filósofos y Educadores” (1962:57) manifiesta: “En oposición a los hombres del 98, que frente a una España vencida por el desastre hunden la mirada en la lejanía de una España honda y legendaria, Ortega encuentra, a la real y palpable, débil por falta de cultura y cree que lo que necesita es una intensa tarea de educación. Así lo expresaría en 1908: “Nuestra labor consiste precisamente en labrarnos una nueva espontaneidad, un yo contemporáneo, una conciencia actual. En otras palabras, tenemos que educarnos. Y la educación no es obra de espontaneidad, sino de lo contrario, de reflexión y de tutela”. Y agrega en seguida: “El problema español es un problema educativo; pero éste, a su vez, es un problema de ciencias superiores, de alta cultura. El verdadero nacionalismo, en lugar de aferrarse a lo espontáneo y castizo, procura nacionalizar lo europeo”.[5]

 

Ortega y Gasset creía y estaba firmemente convencido que la “europeización de España”; que la educación y la cultura, en todos sus formas, grados y niveles; la socialización de la educación pública mediante la instauración de la escuela única y la escuela laica en un Estado democrático; y que la comunidad del trabajo eran los sólidos cimientos  de su propuesta pedagógica reconstructora y renovadora para salir exitosamente de los tradicionales males de su patria y edificar una nueva España a la luz de una ciencia moderna. 

 

Bien lo puntualiza Juan Mantovani: “Europa es, para Ortega, el método de liberación de España, de purificación de todo exotismo para dar nacimiento a lo propio, de negación de sus males, como el monoideísmo de sus usos intelectuales; es afirmación de sus bienes, tales como el de enriquecer la conciencia nacional ofreciéndole una fecunda diversidad de motivos culturales. En la búsqueda de España por medio de su europeización, Ortega joven se propone dotarla de ciencia moderna, labor central de cuyo seno podrá algún día no lejano brotar la nueva España, y también impulsar la creación de bibliotecas bien nutridas, capaces de abrir la mente a las corrientes culturales de fuera. En aquellos mismos años ya declaraba la necesidad de reformar a España por medio de la educación, sin que se demorase una “magna acción pedagógica -dice- que restaure los últimos tejidos espirituales de nuestra raza”.[6]

 

Como muy bien lo explica y resume Juan Mantovani: “Esta trayectoria pedagógica tiene tres momentos francamente delineados: el primero fue cuando, a los veintisiete años, expuso reflexiones sobre la materia en la conferencia leída en la Sociedad “El Sitio”, de Bilbao, el 12 de marzo de 1910, bajo el título de La Pedagogía Social, como programa político. Segundo, cuando en 1920 publica un extenso y agudo ensayo, Biología y Pedagogía (aparecido en El Espectador, III); en él revela, en una nueva actitud, su apasionado interés por el problema educativo: exaltación de los valores vitales y revaloración de la vida infantil. El tercero de estos momentos ocurre cuando, en 1930, aparece uno de los trabajos más vigorosos de su doctrina pedagógica, Misión de la Universidad; lleva implícita una visión general del problema educativo y una vida personal de la Universidad, que, si bien no logró todo el desarrollo que él se propuso y anunció, tuvo, en cambio, notable influencia en muchas partes del mundo”.[7]

 

“Recuerda Ortega que los latinos llamaban eductio, educatio, a la acción de sacar una cosa de otra, de convertir una cosa menos buenos en otra mejor, o sea, a una tarea de perfeccionamiento, al tránsito de lo que es a lo que debe ser. En el concepto de la educación que profesaba entonces está patente la influencia de la filosofía idealista de Marburgo. Éstas son sus palabras: “Por la educación obtendremos de un individuo un hombre cuyo pecho resplandece en irradiaciones virtuosas. Nativamente aquel individuo no era bondadoso, ni sabio, ni enérgico: más ante los ojos de su maestro flotaba la imagen vigorosa de un tipo superior de humana criatura, y empleando la técnica pedagógica ha conseguido inyectar este hombre ideal en el aparato nervioso de aquel hombre de carne. ¡Tal es la divina operación educativa, merced a la cual el verbo se hace carne!”[8]

 

Sus ideas sobre la educación y la pedagogía las encontramos distribuidas en diversas obras publicadas y que las transcribiremos a continuación:Del Diccionario de Pedagogía. Tomo II, I-Z. Publicado bajo la dirección de Luis Sánchez Sarto, Editorial LABOR, S.A., Barcelona, extraemos algunos párrafos del pensamiento pedagógico de José Ortega y Gasset: “Para que un hombre ejerza bien sus actos civiles -dice-, deberá educarse su moralidad afinando su sensibilidad, para las normas éticas, robusteciendo su obediencia a los imperativos del deber; pero será estéril intentar todo esto si no se cuenta de antemano con una vigorosa potencia de voluntad, de entusiasmo de energía básica. Los grados superiores de la enseñanza podrían atender a la educación cultural y de civilización, especializando el tema del adulto y del hombre. Pero la enseñanza elemental tiene que asegurar y fomentar esa vida primaria y espontánea del espíritu, que es idéntica hoy y hace diez mil años, que es preciso defender contra la ineludible mecanización que ella misma, al crear órganos y funciones específicas, acarrea. A mi juicio, no es lo más urgente educar para la vida a hecha, sino para la vida creadora. Cuidemos primero de fortalecer la vida viviente, la natura naturans, y luego, si hay solaz, atenderemos a la cultura y a la civilización, a la vida mecánica, a la natura naturata”.

 

“No es lo que llamo educación de la espontaneidad cosa que ande próxima a la Pedagogía de Familia. La primera educación, dice Rousseau, debe ser puramente negativa. No hacer nada, no dejar hacer nada, añade. Pienso, por el contrario, que toda educación tiene que ser positiva, que es preciso intervenir en la vida espontánea o primitiva.”

 

“Lejos de abandonar la naturaleza del niño a su libérrimo desarrollo, yo pediría, por lo menos, que se potencie esa naturaleza, que se la intensifique por medio de artificios. Estos artificios son precisamente la educación. La educación negativa es el artificio que se ignora a sí mismo, es una hipocresía y una ingenuidad. La educación no podrá ser nunca una función de la Naturaleza. Cuanto menos se reconozca como una intervención reflexiva e innatural, cuanto más pretenda imitar a la Naturaleza, más se aleja de ella, haciendo más complicada, sutil y refinada la farsa.”

 

Al respecto el profesor universitario argentino Juan Mantovani, en su obra “Filósofos y Educadores” (1962:57) manifiesta: “En oposición a los hombres del 98, que frente a una España vencida por el desastre hunden la mirada en la lejanía de una España honda y legendaria, Ortega encuentra, a la real y palpable, débil por falta de cultura y cree que lo que necesita es una intensa tarea de educación. Así lo expresaría en 1908: “Nuestra labor consiste precisamente en labrarnos una nueva espontaneidad, un yo contemporáneo, una conciencia actual. En otras palabras, tenemos que educarnos. Y la educación no es obra de espontaneidad, sino de lo contrario, de reflexión y de tutela”. Y agrega en seguida: “El problema español es un problema educativo; pero éste, a su vez, es un problema de ciencias superiores, de alta cultura. El verdadero nacionalismo, en lugar de aferrarse a lo espontáneo y castizo, procura nacionalizar lo europeo”.[9]

 

Ortega y Gasset creía y estaba firmemente convencido que la “europeización de España”; que la educación y la cultura, en todos sus formas, grados y niveles; la socialización de la educación pública mediante la instauración de la escuela única y la escuela laica en un Estado democrático; y que la comunidad del trabajo eran los sólidos cimientos  de su propuesta pedagógica reconstructora y renovadora para salir exitosamente de los tradicionales males de su patria y edificar una nueva España a la luz de una ciencia moderna. 

 

Juan Mantovani puntualiza: “Europa es, para Ortega, el método de liberación de España, de purificación de todo exotismo para dar nacimiento a lo propio, de negación de sus males, como el monoideísmo de sus usos intelectuales; es afirmación de sus bienes, tales como el de enriquecer la conciencia nacional ofreciéndole una fecunda diversidad de motivos culturales. En la búsqueda de España por medio de su europeización, Ortega joven se propone dotarla de ciencia moderna, labor central de cuyo seno podrá algún día no lejano brotar la nueva España, y también impulsar la creación de bibliotecas bien nutridas, capaces de abrir la mente a las corrientes culturales de fuera. En aquellos mismos años ya declaraba la necesidad de reformar a España por medio de la educación, sin que se demorase una “magna acción pedagógica -dice- que restaure los últimos tejidos espirituales de nuestra raza”.[10]

 

Como muy bien lo explica y resume Juan Mantovani: “Esta trayectoria pedagógica tiene tres momentos francamente delineados: el primero fue cuando, a los veintisiete años, expuso reflexiones sobre la materia en la conferencia leída en la Sociedad “El Sitio”, de Bilbao, el 12 de marzo de 1910, bajo el título de La Pedagogía Social, como programa político. Segundo, cuando en 1920 publica un extenso y agudo ensayo, Biología y Pedagogía (aparecido en El Espectador, III); en él revela, en una nueva actitud, su apasionado interés por el problema educativo: exaltación de los valores vitales y revaloración de la vida infantil. El tercero de estos momentos ocurre cuando, en 1930, aparece uno de los trabajos más vigorosos de su doctrina pedagógica, Misión de la Universidad; lleva implícita una visión general del problema educativo y una vida personal de la Universidad, que, si bien no logró todo el desarrollo que él se propuso y anunció, tuvo, en cambio, notable influencia en muchas partes del mundo”.[11]

 

“Recuerda Ortega que los latinos llamaban eductio, educatio, a la acción de sacar una cosa de otra, de convertir una cosa menos buenos en otra mejor, o sea, a una tarea de perfeccionamiento, al tránsito de lo que es a lo que debe ser. En el concepto de la educación que profesaba entonces está patente la influencia de la filosofía idealista de Marburgo. Éstas son sus palabras: “Por la educación obtendremos de un individuo un hombre cuyo pecho resplandece en irradiaciones virtuosas. Nativamente aquel individuo no era bondadoso, ni sabio, ni enérgico: más ante los ojos de su maestro flotaba la imagen vigorosa de un tipo superior de humana criatura, y empleando la técnica pedagógica ha conseguido inyectar este hombre ideal en el aparato nervioso de aquel hombre de carne. ¡Tal es la divina operación educativa, merced a la cual el verbo se hace carne!”[12]

Sus ideas sobre la educación y la pedagogía las encontramos distribuidas en diversas obras publicadas y que las transcribiremos a continuación:

 

Del “Diccionario de Pedagogía”, Tomo II, I-Z.,publicado bajo la dirección de Luis Sánchez Sarto, Editorial LABOR, S.A., Barcelona, extraemos algunos párrafos del pensamiento pedagógico de José Ortega y Gasset: “Para que un hombre ejerza bien sus actos civiles -dice-, deberá educarse su moralidad afinando su sensibilidad, para las normas éticas, robusteciendo su obediencia a los imperativos del deber; pero será estéril intentar todo esto si no se cuenta de antemano con una vigorosa potencia de voluntad, de entusiasmo de energía básica. Los grados superiores de la enseñanza podrían atender a la educación cultural y de civilización, especializando el tema del adulto y del hombre. Pero la enseñanza elemental tiene que asegurar y fomentar esa vida primaria y espontánea del espíritu, que es idéntica hoy y hace diez mil años, que es preciso defender contra la ineludible mecanización que ella misma, al crear órganos y funciones específicas, acarrea. A mi juicio, no es lo más urgente educar para la vida a hecha, sino para la vida creadora. Cuidemos primero de fortalecer la vida viviente, la natura naturans, y luego, si hay solaz, atenderemos a la cultura y a la civilización, a la vida mecánica, a la natura naturata”.

 

“No es lo que llamo educación de la espontaneidad cosa que ande próxima a la Pedagogía de Familia. La primera educación, dice Rousseau, debe ser puramente negativa. No hacer nada, no dejar hacer nada, añade. Pienso, por el contrario, que toda educación tiene que ser positiva, que es preciso intervenir en la vida espontánea o primitiva.”

 

“Lejos de abandonar la naturaleza del niño a su libérrimo desarrollo, yo pediría, por lo menos, que se potencie esa naturaleza, que se la intensifique por medio de artificios. Estos artificios son precisamente la educación. La educación negativa es el artificio que se ignora a sí mismo, es una hipocresía y una ingenuidad. La educación no podrá ser nunca una función de la Naturaleza. Cuanto menos se reconozca como una intervención reflexiva e innatural, cuanto más pretenda imitar a la Naturaleza, más se aleja de ella, haciendo más complicada, sutil y refinada la farsa.”

 

 

Síntesis del Educador para la Vida Creativa

Concordando con lo expresado por la inteligencia artificial Gemini, afirmamos que José Ortega y Gasset no entendía la educación como una simple transmisión de datos, sino como una “incitación vital”. Para él, el educador no es un burócrata del conocimiento, sino un "despertador" que ayuda al individuo a descubrir su propia trayectoria en el mundo.

Bajo la premisa de su famosa máxima, "Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo", la labor pedagógica se convierte en una herramienta para que el estudiante aprenda a "salvar" su entorno a través de la cultura y la creatividad.

Para Ortega y Gasset, la vida no nos viene dada ya hecha, sino que es un quehacer. La educación para la vida creativa se basa en entender que cada ser humano es un "novelista de sí mismo".El educador debe ayudar al alumno a escuchar su "voz interior" para evitar que viva una vida prestada o inauténtica.Estar educado es estar despierto a las posibilidades que ofrece la circunstancia propia. No es repetir lo que otros han pensado, sino pensar desde donde uno está.

Uno de los pilares de su pedagogía es el perspectivismo. Ortega y Gasset sostiene que nadie posee la verdad absoluta; la realidad solo se deja captar si sumamos las visiones de todos.El educador creativo enseña que el punto de vista propio es legítimo, pero solo es una pieza del rompecabezas.La educación es el puente entre la "masa" y la "minoría selecta" (entendida esta última no como una clase social, sino como aquellos que se exigen más a sí mismos que a los demás).

En su obra “Misión de la Universidad”, Ortega y Gasset critica la tendencia a convertir estas instituciones en meras fábricas de especialistas (el "sabio ignorante"). Él propone:Antes que profesionales, la universidad debe formar personas que comprendan el sistema de ideas de su tiempo.Ortega  y Gasset abogaba por un estilo transparente. Enseñar de forma oscura es una falta de respeto al alumno. La claridad es el "imperativo ético" del intelectual. Decía, que si bien la ciencia es vital, la universidad debe priorizar la formación de la persona capaz de vivir a la altura de los tiempos.

La "vida creativa" no es una vida cómoda. José Ortega y Gasset distingue entre el hombre "heredero" (que consume lo que otros crearon) y el hombre "esforzado" (que busca expandir su realidad). "La vida es una serie de colisiones con el futuro; no es la suma de lo que hemos sido, sino lo que anhelamos ser." El educador para la vida creativa, por tanto, no enseña soluciones, sino que enseña a plantear problemas. En un mundo saturado de información, la creatividad de Ortega reside en la capacidad de sintetizar, dar sentido y actuar con elegancia intelectual frente a la incertidumbre.

Lima, 23 de abril de 2026.



[1] Nueva Enciclopedia Autodidáctica QUILLET, tomo I, Promotora Latinoamericana, S.A., Edición 1974, México, p.373.

[2] González Álvarez, Ángel. Manual de Historia de la Filosofía. Editorial Gredos, S.A., Tercera edición, Madrid,1964, p.535.

[3] Enciclopedia Mirador Internacional, Tomo 15. Encyclopaedia Britannica do Brasil Publicacoes Ltda. Sao Paulo- Rio de Janeiro, Brasil, 1976, p.8360.

[4] Enciclopedia BARSA, Tomo 11,Editores, Encyclopedia Británica, INC, Buenos Aires-Chicago-México, 1969, p.230.

[5] J. Ortega y Gasset, Obras Completas, tomo I. Artículo publicado en El Imparcial el 21 de febrero de 1908, Madrid.

[6] Mantovani, Juan. Filósofos y Educadores. Editorial “El Ateneo”, Buenos Aires, 1962, p.58.

[7] Mantovani, Juan. Filósofos y Educadores. Editorial “El Ateneo”, Buenos Aires, 1962, p.56.

[8] Mantovani, Juan. Op. cit., p.59-

[9] J. Ortega y Gasset, Obras Completas, tomo I. Artículo publicado en El Imparcial el 21 de febrero de 1908, Madrid.

[10] Mantovani, Juan. Filósofos y Educadores. Editorial “El Ateneo”, Buenos Aires, 1962, p.58.

[11] Mantovani, Juan. Filósofos y Educadores. Editorial “El Ateneo”, Buenos Aires, 1962, p.56.

[12] Mantovani, Juan. Op. cit., p.59-

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