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sábado, 28 de marzo de 2020

PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DE LA BIOÉTICA


PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DE LA BIOÉTICA

Escribe: Eudoro Terrones Negrete

El profesor universitario estadounidense, James Franklin Childress, y el filósofo estadounidense, Tom L. Beauchamp establecieron en 1979 la definición de cuatro principios fundamentales que sientan las bases de la bioética: principio de autonomía, principio de no maleficencia, principio de beneficencia y principio de justicia.

Expliquemos a continuación cada uno de los referidos principios bioéticos.
PRINCIPIO DE AUTONOMÍA
El principio de autonomía consiste en la capacidad del ser vivo de establecer sus propias reglas o normas sin que influyan en su elección y decisión las presiones, limitaciones o interferencias externas.

Este principio es de carácter imperativo y debe ser respetado como norma siempre que el individuo no tenga limitada su autonomía a causa de problemas de salud.

En medicina, se denomina consentimiento informado  y constituye un derecho fundamental del paciente sea adulto o niño (a través de sus progenitores o tutores legales) y es un deber del médico.

La actuación de las personas con autonomía  implica  responsabilidad en la toma de sus decisiones, preferencias y acciones y es un derecho irrenunciable, aún en la enfermedad.

Las acciones sólo son autónomas cuando hay intencionalidad, conocimiento (es imprescindible), ausencia de control externo (no tienen que haber presiones) y autenticidad (coherencia con el sistema de valores y actitudes habituales de la persona)[1]

Según este principio el paciente tiene libertad de decisión o capacidad de autodeterminación sobre su vida.

 “Este principio será susceptible de no ser aplicado cuando se produzcan situaciones en que la persona no pueda ser 100% autónoma o tenga autonomía reducida (p. ej., estado vegetativo o daño cerebral)”[2].

PRINCIPIO DE BENEFICENCIA

El principio de beneficencia consiste en “hacer lo mejor para el paciente” o “hacer el bien al paciente”. Es la obligación de tomar en cuenta el mayor beneficio del paciente antes de actuar, dejando de lado los prejuicios y las opiniones personales para enfocarse en los intereses y necesidades del paciente, a fin de que el paciente pueda decidir qué le conviene.

Según este principio no se puede hacer el bien en contra de la voluntad de las personas.

En virtud del principio de beneficencia el médico tiene el deber de actuar siempre en beneficio de las demás personas, en función del interés de bienestar del paciente, protegiendo y no ocasionando perjuicio o daño alguno. Es decir "todo para el paciente, pero sin contar con la opinión de él".

Para aplicar este principio es necesario cumplir con las normas o reglas siguientes:
1.      Proteger y defender los derechos de otros.
2.      Prevenir que suceda algún daño a otros.
3.      Suprimir las condiciones que puedan producir perjuicio a otros.
4.      Ayudar a las personas con discapacidades.
5.      Rescatar a las personas en peligro.

PRINCIPIO DE NO MALEFICENCIA

El principio de no maleficencia consiste en “evitar el mal al paciente”, el médico debe evitar o abstenerse de realizar intencionalmente cualquier acto que pueda causar perjuicio, daño, dolor, sufrimiento, incapacidad a las demás personas. Evitar acciones malintencionadas o que perjudiquen innecesariamente a otros.

Según este principio prevalece el “beneficio sobre el prejuicio”, «No dañar a nadie de forma innecesaria». Y aunque el paciente lo pida, el médico no se le puede hacer el mal.

Este principio tiene dos dimensiones: “no hacer daño a nadie” (dimensión negativa) y “procurar positivamente que la vida biológica de todos los hombres sea tratada con igual consideración y respeto” (dimensión positiva). 

“Las implicaciones médicas del principio de no maleficencia son varias: tener una formación teórica y práctica rigurosa y actualizada permanentemente para dedicarse al ejercicio profesional, investigar sobre tratamientos, procedimientos o terapias nuevas, para mejorar los ya existentes con objeto de que sean menos dolorosos y lesivos para los pacientes; avanzar en el tratamiento del dolor; evitar la medicina defensiva y, con ello, la multiplicación de procedimientos y/o tratamientos innecesarios”[3].

Para aplicar este principio es necesario cumplir con las normas o reglas siguientes:
1.      No matarás.
2.      No causarás dolor o no harás sufrir a otros.
3.      No incapacitarás a otros.
4.      No ofenderás.
5.      No privarás a los demás de los bienes de la vida.

PRINCIPIO DE JUSTICIA

Según el principio bioético de justicia cada individuo debe ser tratado como un igual, sin que se interpongan prejuicios con respecto a sus diferencias físicas, sociales, culturales, económicas, ideologías, etnia, situación económica, género, orientación sexual, entre otros. Y que conlleve a poner fin la desigualdad, la discriminación, la repartición injusta de bienes y el odio a las personas.

Este principio de justicia distributiva garantiza la equidad entre costo, beneficio y riesgo, dando a cada persona lo que le es debido y según sus necesidades.

Cabe anotar que los principios de la bioética entran en revisión, discusión, debate y reajuste conforme avanza la ciencia y la tecnología.

Para aplicar este principio es necesario cumplir con las normas o reglas siguientes:
1.      A cada persona una parte igual.
2.      A cada persona de acuerdo con la necesidad.
3.      A cada persona de acuerdo con el esfuerzo.
4.      A cada persona de acuerdo con la contribución.
5.      A cada persona de acuerdo con el mérito.
6.      A cada persona de acuerdo con los intercambios del libre mercado.


viernes, 27 de marzo de 2020

PROBLEMÁTICA DE LA BIOÉTICA EN LA SOCIEDAD GLOBAL


PROBLEMÁTICA DE LA BIOÉTICA EN LA SOCIEDAD GLOBAL

Escribe: Eudoro Terrones Negrete

La bioética es un asunto de constante debate académico, político, filosófico, teológico y científico  entre quienes consideran a la tecnología como un fin en sí mismo y no sujeto a regulaciones por las leyes  y aquellos que piensan que la tecnología debe estar al servicio de las personas bajo el control de criterios éticos y regulable por las leyes de los países.
A fines del siglo XX  se descubre el ácido nucleico, la composición química de las vitaminas, hormonas y antibióticos, se desarrolla la neurofisiología, se lucha contra la pobreza crítica y crónica, la mortalidad infantil, el control de la natalidad, pero lo que preocupa más a la humanidad es la aparición de nuevas técnicas como la manipulación genética, la fertilización asistida y el de órganos  por cuanto con ellos y a través de ellos surgen nuevos dilemas morales en una sociedad cambiante y compleja.

En los últimos años se ha asistido a un intenso debate en torno a la ética de la investigación en seres humanos y en particular en relación con los consensos internacionales que la regulan. Podemos identificar como punto de inflexión la versión del año 2000 de la Declaración de Helsinki. Esta polémica en torno a aspectos centrales en la ética de la investigación, como son el uso del placebo cuando existe un tratamiento probado, la obligación de brindar beneficios posinvestigación, o la diferenciación entre ensayos terapéuticos y no terapéuticos debe ser tomada en cuenta para la reflexión[1]

Los inusitados adelantos científicos, humanísticos y tecnológicos están generando profundos cambios en la vida de las personas y las sociedades. Cada día ocurre y se descubre algo nuevo e impactante, nuevas formas de nacer y de morir, el Proyecto Genoma Humano, la biología molecular, los derechos de los pacientes, etc., que generan problemas y dilemas, que levanta polémica en lo social, político, económico, geográfico, histórico, educativo, cultural, moral y ecológico e inclusive que altera el comportamiento de las personas, sus formas de ser, de pensar, de percibir, de imaginar, de producir, de consumir y de vivir en la actual sociedad global.

Miles de trillones de dólares se gastan en investigar lo que ocurre en otros planetas, pero lo de nuestro planeta Tierra queda mucho por investigar a plenitud, sobre todo lo que ocurre en la vida del hombre y la relación con su medio ambiente. El hombre sigue  ignorando mucho de cuanto ocurre en la profundidad de su ser y en su relación con antiguos y nuevos fenómenos de la sociedad global.

Los graves y complejos problemas humanos siguen en pie abriendo sendos debates en todo el mundo, tanto en países desarrollados y en vías de desarrollo, en busca de nuevas estrategias para enfrentarlos con efectividad y eficacia, evitarlos, combatirlos o erradicarlos. Problemas como los siguientes: el coronavirus COVID-19, la clonación terapéutica y reproductiva, las células madres, la reproducción asistida, la maternidad subrogada, la manipulación de los genes, los organismos transgénicos, la terapia génicas, el genoma humano, el uso de microorganismos manipulados genéticamente, la eugenesia, los xenotrasplantes, la eutanasia, la exclusión social, la infección por VIH, la inequidad en la explotación y distribución de la riqueza, las consecuencias derivadas de la aplicación de un modelo económico global regido por las leyes del mercado que afecta mayormente a los países pobres del Tercer Mundo, etc., etc.

Como todos sabemos la medicina es un saber práctico que tiene por objeto diagnosticar, prevenir y curar las enfermedades, aliviar el dolor y promover mejores condiciones de calidad de vida y de bienestar. A través del tiempo y en el proceso evolutivo de las culturas y civilizaciones la medicina siempre ha generado actitudes, posiciones, percepciones, decisiones y posturas morales críticas en lo referente a lo que está bien o no está bien hacer. Resulta ahora que en diversos países se celebran reuniones, convenciones, simposios y congresos nacionales e internacionales con el objeto de discutir sobre la biotecnología, los problemas bioéticos, sus causas y consecuencias, sobre los problemas de la fecundación, la reproducción artificial, los problemas de la inte­rrupción de la gestación y la masificación de las políticas hospi­talarias, entre otros.

“Desde la más remota Antigüedad la función del médico ha sido consi­derada a la luz de sus implicaciones éticas. Dado que el médico tiene poderes extraordinarios para conservar o para impedir la vida, por medio del trata­miento de las enfermedades, sus acciones son juzgadas como dispensadoras en última instancia de los dos extremos que atenazan las obsesiones de la existencia humana: vida y muerte”[2].

La investigación en seres humanos a la luz de los principios y valores éticos permite iluminar la acción humana, evaluar la eficacia de un nuevo fármaco o de un nuevo procedimiento terapéutico, mejorar el diagnóstico y el tratamiento de las enfermedades en general, enfermedades mentales y enfermedades contagiosas, y garantizar el respeto a la dignidad, la autonomía y la libertad de los sujetos en proceso de investigación y los Derechos Humanos, mejorar la calidad de vida de las poblaciones, lograr grandes beneficios para la humanidad, sin necesidad de dar un paso atrás en la aplicación de los estándares éticos consensuados internacionalmente.

La Bioética, nueva disciplina surgida para encarar estos nuevos fenómenos humanos, ha sido definida como: “el estudio sistemático de las conductas humanas en el área de las Ciencias de la vida y la atención de la salud, en tanto que dichas conductas se examinen a la luz de principios y valores morales” (Reich, W. T. Encyclopedia of Bioethics. S&S. MacMillan. The Free Press. New York, 1978.). Nueva disciplina que abarca  y aborda la salud pública, salud ocupacional e internacional, la salud mental y la ética del control de la natalidad, etc., desde tiempos de la medicina hipocrática. El hombre investiga al hombre, el hombre es investigado por el hombre a la luz de nuevos métodos, técnicas e instrumentos científicos y tecnológicos. El hombre es “objeto” y “medio” de investigación en aras del bien común y de un mundo mejor, en investigaciones con posibles menores o mayores riesgos para los participantes.

“Pero se está llegando a un punto en el que la ciencia está tocando ya los hilos de la vida, está ya capacitada para seleccionar genes, para decidir quién nace, cuando nace y con qué características e incluso cuando se tiene uno que morir, y esto es muy peligroso e inaceptable” señala María Luisa Morales Gallego en “Los nuevos avances científicos y la bioética” (2018:80).

 “La solución de problemas de conocimiento relacionados con la salud requieren del concurso de múltiples disciplinas que no son exclusivamente del campo biomédico: salud pública, sociología, antropología, ciencia política, derecho, educación, filosofía, etc. De igual forma las posturas epistemológicas y metodológicas para abordar la investigación en salud son distintas y algunas toman distancia del paradigma empírico analítico en que se fundamenta la investigación biomédica, donde la búsqueda de "la verdad" y una postura "neutral" de la ciencia son asuntos centrales de esa mirada”.[3]



[1] Kottow M. Conflictos en ética de investigación con seres humanos. Cad Saúde Pública 2005; 21(3): 862-9.

[2] Juan Ñuño. Problemas de ética. EPISTEME vol.32 no.1-2 caracas dic. 2012

 http://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0798-43242012000100015

[3] Samuel Arias-Valencia;Fernando Peñaranda. La investigación éticamente reflexionada. Rev. Fac. Nac. Salud Pública vol.33 no.3 Medellín Sept/Dec. 2015. http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0120-386X2015000300015


LA ÉTICA EN LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA



LA ÉTICA EN LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA[1]

Escribe: Eudoro Terrones Negrete

La ética de la investigación es una ciencia normativa y práctica que se ocupa del Deber ser y Deber hacer del investigador. Está conformada por un conjunto de reglas, proposiciones, principios, valores y leyes que permiten normar, regular y orientar la conducta del investigador por el camino correcto, apropiado, lícito, digno y justo, con el fin de alcanzar el bienestar individual y colectivo.

La ética de la investigación se aplica durante todo el proceso y desarrollo de la investigación científica: elección del problema científico, diseño del proyecto,  revisión de la literatura,  recolección y selección de datos, procesamiento e interpretación de datos, redacción y corrección, evaluación de su utilidad, publicación y aplicación de los resultados.

La ética de la investigación tiene por objeto la moralidad del acto, la experiencia moral, y la conducta moral del investigador, en sus relaciones con los demás miembros de la comunidad científica y de la sociedad. Su finalidad es orientar al investigador en busca de su perfección individual y del bien común; es  forjar una conducta recta, correcta, honesta, tolerante, sensible, solidaria, cooperante, responsable, digna y justa para un buen vivir.

Los aspectos éticos o las buenas prácticas del investigador científico  tienen relación con todos los campos y áreas de  su quehacer profesional y actividad científica. El comportamiento ético del investigador es un requisito para la credibilidad de la ciencia y del propio investigador, para avanzar en la excelencia de las investigaciones, mejorar la calidad, así como también mantener óptimamente las relaciones con las instituciones, la sociedad y el Estado.  
La ciencia moderna, aplicada a la investigación, da como resultado mayores logros a la humanidad. Teniendo en cuenta que se vive en un mundo basado en la investigación y gobernado por ideologías fundamentadas en la ciencia y en el uso de instrumentos creados por la ciencia y la tecnología, es necesario ser conscientes de que dichas ideologías e instrumentos pueden ser utilizados de forma objetiva o subjetiva, o correcta e incorrectamente, es decir, de un modo ético o no. Por este motivo, es importante hablar de una ética de la investigación, es decir, de una investigación con conciencia. Una investigación cuyos resultados sean correctamente utilizados, puntualiza Manuel Galán Amador.[2]
Estamos viviendo en la era de la información y la comunicación, con cantidades de información  que fluyen a la velocidad de la luz, que no pueden ser decodificadas a plenitud y que influyen positiva o negativamente en la vida humana o en la conducta de las personas e instituciones, por lo que el investigador necesita adoptar actitud cada vez más crítica y analítica, para así lograr ser un buen investigador que satisfaga las expectativas de las personas y sociedades del planeta.
No debe olvidarse que las personas, la actividad científica y el investigador llegan a corromperse cuando se ponen al servicio de los privilegios e intereses creados, de la delincuencia y el terrorismo, de los dogmas y las ideologías extremistas, del poder económico y político, de la degradación del medio ambiente, de la guerra y el armamentismo, del narcotráfico, y de las mafias, así como también de las teorías conspirativas e intenciones perversas.
El investigador asume un comportamiento ético que se caracteriza por ser racional, libre, consciente, voluntario y responsable de cuanto piensa, dice y hace; responsable de sus causas y consecuencias. El investigador posee altos estándares éticos en su comportamiento, en la actividad científica y al momento de tomar decisiones éticas  y resolver los dilemas éticos.
La ética en la investigación trata de minimizar las desventajas, los problemas o las consecuencias negativas de los resultados de una investigación y trata de maximizar las ventajas, los beneficios o los aportes positivos a favor de las personas, instituciones, sociedades y la comunidad científica mundial. Trata de vigilar y evitar que los pacientes sean utilizados como conejillos de Indias o que caigan en el riesgo de ser explotados y sobreexplotados con fines inconfesables.
Para que una conducta sea ética en términos de investigación, el investigador deberá responder, actuar e investigar correctamente, utilizando medios éticos y medios lícitos, liberado de presiones, prejuicios y dogmas, liberado de intereses de conflicto y de intereses monetarios.
La ética en la investigación científica tiene que ver con la responsabilidad moral de los investigadores acerca del uso que le dan a sus investigaciones, y a la forma de desarrollar el proceso de la investigación, redactar el texto de los proyectos y de las conclusiones.
“Las últimas dos décadas – indican Martín Aluja y Andrea Birke- se han caracterizado por un aumento en el reporte de violaciones a la integridad científica (National Academy of Sciences, 1992; Steneck, 2000). La opinión generalizada (e.g., Macrina, 2000; y Shamoo y Resnik, 2003) es que este incremento se debe a factores tales como: a) aumento de científicos y académicos en proporción al decremento de posiciones laborales en la industria, gobierno y academia; b) recursos financieros limitados (competencia por proyectos, espacio físico, equipo, técnicos, competencia por obtener reconocimiento o créditos, etc.); c) presión por publicar que genera el síndrome conocido en los Estados Unidos como “Publish or Perish” (Kleschick et al., 2000; Bostanci, 2002; Shamoo y Resnik, 2003); d) evaluación del científico en términos de la habilidad de éste por generar recursos y e) necesidad de cumplir con cada vez más engorrosos requerimientos administrativos (Stanley-Samuelson y Higley, 1997)...”


[1] Terrones Negrete, Eudoro. Perfil y Ética del Investigador Científico Universitario. Aldo Editores Importadores S.A.C.. Primera edición, Lima, enero 2020, pág.165-168.
[2] Galán Amador, Manuel, en su artículo Ética en la investigación. http://www.rieoei.org/jano/3755GalnnJano.pdf

jueves, 26 de marzo de 2020

LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA Y LOS GRANDES PERSONAJES DE LA INTELECTUALIDAD PERUANA


LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA Y LOS GRANDES PERSONAJES DE LA INTELECTUALIDAD PERUANA

Escribe: Eudoro Terrones Negrete

Francisco García Calderón Rey (1883-1953) expresa en su obra “El Perú Contemporáneo” (París, 1907): “al reinado del memorismo y de la escolástica superficial, a la ciencia de palabras, hay que oponer la ciencia de las cosas, el “realismo” educativo y que la universidad debe formar profesionales con sólidos principios y valores éticos, como garantía de la unidad e integración del país sobre la base de la solidaridad patriótica nacional, la libertad, la tolerancia, la responsabilidad social, los deberes cívicos y el desarrollo de la conciencia personal. “Y, desde el punto de vista estrictamente científico, la Universidad peruana y la americana deben difundir la ciencia y seguir la producción extranjera, sin, por cierto, olvidar una cierta colaboración a la ciencia universitaria. El estudio de nuestro medio geográfico, la antropología de nuestras razas, la experiencia sociológica de nuestra historia, pueden contribuir al conocimiento científico de la tierra y del hombre”.

Javier Prado y Ugarteche (1871-1921), ex rector de la Universidad de San Marcos y ex presidente del Consejo de Ministros, proclamado por los estudiantes “Maestro de la Juventud”, en su obra “La enseñanza universitaria” revela que en la universidad peruana “No se estimula el espíritu de observación y reflexión ni se hace labor investigativa y de profundización científica...” tras calificar la enseñanza universitaria de meramente expositiva, de superficial preparación para el examen, el cultivo de la memoria y de las facultades receptivas del alumno, dejando sin ejercicio sus facultades críticas y productivas, recomienda que la educación universitaria en el Perú se consagre a la investigación científica, a la capacitación profesional y a la tarea educativa.

Manuel Vicente Villarán (1873-1958), ilustre maestro universitario sanmarquino y educador positivista y ex rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (1922), era partidario de una educación universitaria con fines económicos y sociales, en la que se enseñe a trabajar y a producir con inteligencia, responsabilidad social, entusiasmo, transparencia y perseverancia, que se enseñe no sólo a buscar la verdad sino a encontrarla, y no sólo a encontrarla también a aplicarla creativamente y a “hacer hombres en un ambiente de libertad”. Pensó en todo momento y lugar que la formación profesional universitaria debe ir de la mano con la formación científica y técnica.
La doctora María Luisa Rivara de Tuesta, al comentar en su obra “Tres ensayos sobre la filosofía en el Perú”, sobre la posición positivista de  Manuel Vicente Villarán manifiesta: “Villarán ha de considerar que la educación científica es un factor determinante en la vida del hombre y de la sociedad en que vive, por lo tanto el nuevo hombre peruano debe dejar atrás la preparación verbalista y abstracta, la ambición por los títulos universitarios, las preferencias literarias y emprender una nueva formación educacional basada en los principios empíricos de la ciencia experimental. Con esta educación el hombre progresaría no solo personalmente sino que lograría modificar sustancialmente cada comunidad en que viviese conduciéndola hacia el progreso económico. Y es que a través de la praxis científica el hombre descubriría nuevos intereses de conocimiento sobre su medio circundante y al lograr el contacto armonioso con su realidad se integraría a ella como ser humano cabal, es decir, conociendo científicamente e integrándose a su realidad obtendría provecho personal y lograría también un efecto en su colectividad resolviendo problemas sociales, políticos y sobre todo económicos...”

Julio C. Tello (1880-1947), sabio peruano, arqueólogo, fundador de la Arqueología Científica en el Perú, creador del Museo de Antropología y Arqueología (1913), fundador del Instituto de Investigaciones Antropológicas (1931) como dependencia del Museo Nacional y descubridor de la necrópolis de Paracas (1925).  A su iniciativa nace la Asociación Peruana para el Progreso de la Ciencia en el Perú y reconocida oficialmente por el gobierno de Augusto B. Leguía.
Es el autor del Proyecto para la Formación de Profesores a nivel secundario en las Facultades de Ciencias y Letras de la Universidad de San Marcos. Su proyecto procuraba combatir los errores que se derivan del intelectualismo, de la falta de reflexión seria y profunda y propendía a enfatizar la enseñanza de la doctrina científica y técnica y la implementación rigurosa de los Seminarios para estimular el desarrollo del espíritu científico y del trabajo productivo en equipo e integración de estudiantes y maestros y así lograr profesionales eficientes.

Víctor Andrés Belaunde (1883-1966), escritor arielista arequipeño de brillante verbo y original estilo, orador y político, fundador y editor desde 1918 de la revista Mercurio Peruano, maestro universitario, acucioso investigador con fibra peruanista de los problemas del país, uno de los más preclaros exponentes de la inteligencia en el Perú y ex presidente de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (1959).
Señala que uno de los principales aspectos del problema universitario es el de la “formación de un profesorado universitario de verdadera preparación científica y de intensa vocación profesional”. Afirma que es necesario aplicar nuevos métodos de enseñanza-aprendizaje para lograr una universidad moderna: “Nosotros no hemos tenido hasta ahora sino el de la llamada lección magistral o la disertación. Tal método necesita ser reemplazado por la más activa cooperación entre maestros y discípulos, por la asignación de trabajos a éstos y por el establecimiento del seminario para los estudios especializados”.

José Carlos Mariátegui (1894-1930), escritor moqueguano, periodista autodidacta, en su obra “7 ensayos de interpretación de la realidad peruana”, luego de afirmar que la universidad era el “lazo de unión entre la república y la colonia”, llegó a sostener que “la universidad no cumplía su función progresista y creadora en la vida peruana, a cuyas necesidades profundas y a cuyas corrientes vitales resultaba no sólo extraña sino contraria”.

Víctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979), político y escritor insigne, fundador de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), estudioso de los problemas de la realidad peruana  y latinoamericana, propulsor en Perú de la Reforma Universitaria, desempeñó los cargos de primer presidente de la Federación de Estudiantes del Perú y primer rector de la Universidad Popular Gonzáles Prada. Fue un infatigable defensor de la jornada de las ocho horas en el Perú y de la educación gratuita en todos los niveles y modalidades, y en 1978 es elegido Presidente de la Asamblea Constituyente.
En sus coloquios cotidianos y manifestaciones públicas abogó por una educación integral, científica, democrática, popular, tecnológica, humanística y ética.
En su Discurso del 22 de agosto de 1965, Víctor Raúl Haya de la Torre dijo que los apristas queríamos “darle a las universidades una nueva validez, un nuevo sentido, una nueva proyección. Hacerlas verdaderos centros de cultura. Desprofesionalizarlas, en el sentido de que no sólo el diploma fuera del objetivo del universitario. Crear los ámbitos de la investigación desinteresada. Hacer de ellas lo que han sido las universidades del mundo, en el campo científico, la exploración, en las que no es el interés profesional lo que prevalece, sino el amor a la ciencia y la devoción por la cultura. Ese fue el afán de la revolución o Reforma Universitaria. Y así comenzó. Había que sanear, había que limpiar las cátedras donde permanecían aferrados viejos señores, que eran, sobre todo, viejos por sus ideas y nosotros lo logramos en esa primera etapa, tendiendo a la democratización universitaria...”
Haya de la Torre considera que una educación integral en el Perú sólo es posible con un cambio integral en lo político, económico, social, educativo, cultural y moral., en la que se enseñe con ejemplos objetivos, con experimentación y previo análisis científico de la realidad nacional.

Luis Alberto Sánchez (1900-1994), prestigioso hombre de letras, escritor, literato, político, tres veces rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en su obra “El Perú: retrato de un país adolescente” puntualiza que las universidades del Perú, por tradición y estructura, son centros de cultura humanística como las clásicas y como tal “debiera conceder ancho margen a la investigación o propagación (no sólo instrucción) de la verdad: no lo hace, se dedica a formar profesionales, a otorgar diplomas”.
En su obra “La Universidad es una isla” sostiene categóricamente: “no hay docencia posible, ni investigación, ni ciencia, ni universidad ahí donde rija un criterio de círculo, bien sea por afinidades consanguíneas o financieras, de simple vanidad o de generación o de lo que sea...”

Emilio Barrantes Revoredo (1904-.....), maestro universitario, ideólogo y Presidente de la Comisión de Reforma Educativa de 1970 durante el gobierno militar de Juan Velasco Alvarado (1968-1975) y que marcó un derrotero en la historia de la educación peruana.
Barrantes Revoredo fue un ardoroso defensor y promotor de la formación de técnicos: “La formación de técnicos tiene que considerarse también preferentemente en un país como el nuestro en que las necesidades insatisfechas son tantas y en que las condiciones de vida son tan desfavorables. Tenemos que contribuir a la formación de un pueblo y ésta es una obra que sólo puede realizarse con amor, con ciencia, con técnica y con trabajo”.
Barrantes, a la edad de ciento dos años de vida declaró para la revista de actualidad AQUÍ N° 4 (Jesús María, Lima, marzo 2004), luego de efectuar una evaluación de la educación en el Perú desde los inicios de la República hasta 2004 expresó: “En materia educativa, cada gobierno hace lo que quiere, no existe una política de consenso que se implante y la respeten todos los gobiernos. Por eso digo, no hay reforma ni la habrá, en tanto no cambien los políticos y éstos no sigan los lineamientos de los grandes intereses transnacionales. Dejemos de una vez por todas de seguir siendo un país colonial”.

Carlos Cueto Fernandini (1913-1968), doctor en Letras y doctor en Filosofía, ex vicerrector de la Universidad de Lima, maestro universitario y ex ministro de Educación (1965-66), reaccionando contra la intromisión de la política partidaria dentro del claustro universitario, expresó con hidalguía y al calor de sus sólidas convicciones pedagógicas: “No debiendo ser la universidad una agencia política debe ser centro de investigación y de enseñanza que incite a la acción mediante el señalamiento de las soluciones posibles de los problemas”. Además subrayó categóricamente: “Uno de los fines esenciales de la universidad moderna es la investigación, la investigación científica y filosófica, la investigación de las ciencias del espíritu y de las ciencias de la naturaleza, y, consecuentemente, la formación de nuevos hombres de ciencia que continúen metódicamente las conquistas de las generaciones anteriores”.

Antonio Pinilla Sánchez Concha (1924-2006), fundador y ex rector honorario vitalicio de la Universidad de Lima, doctor en Filosofía y doctor en Educación, es el creador del Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología. Desempeñó los cargos de presidente de la Asamblea Nacional de Rectores (1957), vicepresidente de la Asociación Internacional de Rectores y presidente del Consejo Nacional de Investigación (1978-1980).
Llegó a decir que “Las universidades deberían ser centros de investigación científica y formación profesional que satisfagan las necesidades de desarrollo del país. El tipo de educación que necesita el Perú es que propicie el incremento de la producción y la promoción de nuevos empleos, con mejoras salariales para que la población aumente su capacidad adquisitiva y se genere el bienestar colectivo”.
Asimismo manifestó: “El currículo de las universidades está desvinculado de las necesidades del país, especialmente en términos de investigación científica industrial y administración empresarial. Las universidades en los países en proceso de desarrollo como el Perú deben convertirse en cetnr4os de investigación científica y formación profesional que satisfagan las necesidades del desarrollo industrial, agrícola, minero y comercial del país. Los catedráticos no deben limitarse al dictado de conferencias sino que deben propiciar el interés de los alumnos y el hábito de investigación científica realizada en conjunto”.

Jorge Lazo Arrasco (1928), personalidad multifacética, maestro de maestros, doctor en educación, Gran Amauta del Perú, ex rector de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega y doctor Honoris Causa de universidades nacionales y extranjeras.
En su opinión “La universidad que funcione en el siglo XXI tiene que liberarse de los conocidos vicios y defectos que la perjudican; pero manteniendo su autonomía y libertad académica, formando profesionales, que sólo ella otorgue los grados de Bachiller, Maestro y Doctor, que continúe realizando investigaciones científicas, que formule críticas alturadas a la sociedad, al Gobierno y también a sí misma, que, en fin, se proyecte a la comunidad y se convierta en un componente del desarrollo nacional”.
Preguntado sobre la necesidad de inversión e investigación científica en las universidades del Perú, en su obra “Conversando con don Jorge”, respondió: “La investigación científica requiere de inversión. En el caso de las universidades, por ejemplo, sobre todo las universidades nacionales, su presupuesto apenas alcanza para pagar el sueldo, que no es edificante y que no está a la altura de la labor que desarrolla un profesor universitario, menos habrá para investigación. Y cosa curiosa, sólo el 1 % de la humanidad hace investigación científica. Y, paradójicamente, de ese 1 % el 70 % hace investigación de tipo bélico. La ciencia, pues, es preocupante. Juan Pablo II dijo alguna vez, cuando lo entrevistó un amigo suyo, que existen grandes miedos en la humanidad y también pequeños miedos. Y decía que los cuatro grandes miedos son el miedo al pasado, el miedo al presente, el miedo al futuro y el miedo a la ciencia. Y más de un crítico se ha referido a la ciencia con temor. Piensan que hay que humanizarla...El desarrollo de la humanidad depende fundamentalmente del volumen de conocimientos que tenga a su disposición. El desarrollo del Perú depende de la cantidad de conocimientos que tenga. Pero para que haya conocimientos debe haber investigación científica. Eso es, lo que en la Universidad decimos, es su prerrequisito. Gracias al conocimiento, sólo una generación podría sacar un país adelante y lograr su desarrollo. Y en el pensamiento científico está la cumbre de la mente humana. En cierto modo, el siglo XXI, al que están llamando el “Siglo del conocimiento”, este siglo XXI compromete a la universidad, desde este instante, desde este momento se debe asumir con responsabilidad, la creación de conocimiento. Pero esta creación, este saber que la universidad debe producir, tiene que ser un saber con humildad, vale decir con sentido humanitario. No un saber con soberbia, porque donde el conocimiento crece sin sabiduría y sin respeto, se convierte en una amenaza. Por eso es que la ciencia tiene que marchar al lado de la virtud. Sostengo que el siglo XXI será, a no dudarlo, el siglo de la universidad, porque será el siglo del conocimiento. El prerrequisito del conocimiento es la investigación científica y la entidad llamada a investigar es la universidad. Y para investigar más requiere de más inversión, más presupuesto. Todo estudiante que sale de la universidad, no queremos que sea un investigador científico profundo, pero sí que conozca la investigación, que sepa cómo se hace, que esté en capacidad de dominar algún diseño metodológico para buscar la verdad”.

Luis Alberto Peláez Pérez (1935), maestro universitario, periodista, escritor y doctor en Derecho, estudioso de la problemática de la educación peruana, en su libro “Universidad Problema” (2004) refiere que “entre los males que padece la universidad peruana, con características ya crónicas, está la masificación, la estructura burocrática, la anarquía curricular, el desarrollo arbitrario de los ciclos de estudios, muy poca investigación y proyección social. Vive a espaldas de la realidad. La universidad no se reformó ni ha planteado hasta hoy su propio proyecto de reforma que constituya una respuesta a sus antiguos y nuevos problemas”.
“(En nuestras universidades) Desdichadamente, ni se investiga ni se enseña a investigar. Muchos de nuestros alumnos, aun los de ciclos avanzados, carecen del dominio y a veces hasta de la preocupación por la investigación...Pero si el profesor universitario no investiga –o no sabe investigar-, nada podemos esperar de nuestros alumnos. La docencia universitaria ha devenido, con honrosas excepciones, en una nueva opción del mercado ocupacional de los miles de maestros sin colocación en las ciudades; porque, exclusivamente, casi siempre se profesó la investigación pura antes que la aplicada, tan necesaria para el desarrollo del país”.

Fidel Tubino Arias Schreiber, profesor de la Pontificia Universidad Católica del Perú, advierte que existe “El desfase de la universidad peruana en relación a las exigencias del desarrollo nacional que se evidencia en los escasos aportes que provienen de ella en materia de investigaciones relevantes en torno a los problemas medulares del desarrollo. La experiencia de los países altamente desarrollados nos muestra que los lineamientos de la investigación científica y académica de las naciones deben tener como protagonistas privilegiados a las universidades, las empresas y el Estado, que deben aprender a interactuar en la búsqueda de soluciones globales a los problemas nacionales”.

Iván Elio Rodríguez Chávez (1941), maestro universitario, doctor en Educación, Rector de la Universidad Ricardo Palma, ex presidente de la Asamblea Nacional de Rectores y Doctor Honoris Causa de universidades nacionales y extranjeras.
En cuanto a los proyectos de investigación y el apoyo de los organismos internacionales, propone que “El Estado debe financiar las investigaciones, pues muchas de ellas pueden ser un medio para resolver nuestros problemas. Es cierto que la financiación extranjera existe, pero están en función de sus intereses. En un mundo globalizado no se concibe la existencia de universidades que no realizan investigación pura o aplicada. La investigación científica es la clave para el adelanto científico, humanístico, tecnológico y el desarrollo de las naciones. La universidad debe ser el semillero de los futuros científicos y tecnólogos que requiere el país.”.

Raimundo Villagrasa, S.J., maestro universitario y rector emérito de la Universidad del Pacífico (Perú), al evaluar la investigación científica en el país considera lo siguiente: “Si no formamos a los investigadores, profesionales y tecnólogos que se necesitarán en los próximos cincuenta años, el Perú quedará rezagado en el camino del desarrollo y los peruanos destinados a formar parte de la mano de obra barata en el futuro, pero no lo liderará, ni siquiera competirá dignamente en él”.

Carlos Bustamante Monteverde, biofísico peruano egresado de la universidad de Berkeley, miembro de la Academia de Ciencias de Estados Unidos y Profesor Honorario de la UNMSM, al participar como expositor en el XI Encuentro Científico Internacional de Verano que se realizó en el Perú, con el auspicio de instituciones como IPEN, UNI, UNMSM y otros, dijo: “Yo creo que el Perú ha retrocedido en los últimos 30 años en términos de investigación y desarrollo. Nuestro país en los años 50 y 60 tenía una apuesta por la investigación y el desarrollo; sin embargo ahora ha ido perdiendo cada vez más esa capacidad. Nuestras universidades son en realidad institutos de enseñanza, no son propiamente universidades en el sentido cabal de la palabra. Es válido preguntarse si es que hoy en día en la universidad peruana el desarrollo de la ciencia y la tecnología va a tener un impacto económico inmediato en el Perú y la respuesta probablemente es no, porque no va a ser inmediato, porque toma tiempo establecer estos cuadros y el campo de juego, que es la dinámica de interacción entre la investigación, el desarrollo y la productividad”.

Cecilia Thorne[1] señala que “Las investigaciones están poco desarrolladas o son casi inexistentes en las universidades peruanas. Sólo la mitad de los docentes ha realizado algún tipo de investigación, siendo el promedio de 2.4 investigaciones por profesor en un período de cinco años”.

Carlos del Río C., Ph.D., en su obra “Perspectivas en el Siglo 21: Ciencia y Tecnología, Educación y Desarrollo” (1997) escribe: “la creatividad y el desarrollo científico-tecnológico, en el marco de las múltiples manifestaciones culturales – esencia y riqueza por su gran diversidad- son las claves para tener éxito en el siglo 21”. “La investigación, en los centros de excelencia de enseñanza superior, cada vez se hace más multidisciplinaria, eliminándose el llamado “reduccionismo científico” y dándose plena vigencia a la incertidumbre y al caos – “caos premeditado”. Ello posibilita, por ejemplo, encontrar nuevos derroteros para conocer la real capacidad del cerebro humano y –simultáneamente- llegar a saber cómo están conformados los procesos que activan la mente”.
Carlos del Río al abordar el tema de la universidad Siglo 21 y del profesor universitario Siglo 21 afirma: “La universidad siglo 21 (U-21) se concentrará en: - La búsqueda del conocimiento: seminarios muy rigurosos, énfasis en la experimentación en laboratorios (aplicando lo mejor de los logros obtenidos por las simulaciones telemáticas previas correspondientes). – Capacitar al estudiante en hacer uso de la información de manera efectiva. – Proporcionar los fundamentos intelectuales / científicos / tecnológicos al igual que los correspondientes a una integración cultural”.
Sobre los probables requerimientos de recursos humanos en Ciencia y Tecnología en el Perú en las próximas décadas Carlos del Río indica: “Es indudable que la calidad de los recursos humanos en ciencia y tecnología – al igual que en otras áreas del desarrollo- constituye un factor primordial para salir del subdesarrollo. El número de profesionales con grados de Maestría y de Doctorado en Ciencia y Tecnología es uno de los “barómetros” de este factor – por su incidencia en el devenir científico-tecnológico”.
Convencido que sin educación y sin el avance científico y tecnológico no puede haber desarrollo integral del Perú postula y propone lo siguiente:
a)      Pasar de una sociedad de frustraciones a otra de realizaciones, de una sociedad donde básicamente se considera como su potencial a los recursos materiales a otra en la que se valoricen el talento y la creatividad.
b)     Reconocer por lo tanto, que lo mejor que posee el hombre es su cerebro –cuya capacidad es necesario estimular para que se exprese a plenitud y
c)   Recordar siempre que las soluciones a nuestros problemas, si bien requerirán de participación del exterior, fundamentalmente dependen de nosotros mismos, por lo tanto hay que hermanarnos – con conocimiento- pensando en el largo plazo. Es decir, generar una cultura de paz, cuyo elemento esencial es la tolerancia, factor clave para la cooperación y el desarrollo.


[1] C. Thorne. “La calidad de la educación universitaria y el caso peruano”, en “La Universidad que el Perú necesita”. Foro Educativo-Consorcio de Universidades, Lima, 2001.