Artículos periodísticos y de investigación

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15 de julio de 2019

EL APRISMO MORALMENTE


EL APRISMO MORALMENTE

Escribe: Eudoro Terrones Negrete

Moralmente, el aprismo, desde sus orígenes, viene luchando contra el Oro y el Hierro, contra las fuerzas inmorales del materialismo criollo, contra el nepotismo oficialista, contra los plumíferos de la gran prensa capitalista, se encamina a poner fin a los contubernios, a los negociados, a las coimas, a las empresas electoreras, al narcotráfico y al contrabando, a la pandilla de terroristas y de malhechores, a los que cometen las más detestables inmoralidades.
El aprismo está contra todo tipo de privilegio, de gollerías y de prerrogativas en los estamentos oligárquicos del anti-cambio y de la anti-reforma. El aprismo nació con el más sólido sentimiento patriótico para «tatuar con sangre en la historia, la huella pujante y triunfal, que dará a los que luchen mañana, digno ejemplo de acción contra el mal».
No le faltó razón a Víctor Raúl cuando explicaba que no sólo la educación técnica, también la educación moral,  la educación económica y la educación política, constituyen las firmes palancas para impulsar el desarrollo, el crecimiento y el progreso de los pueblos, en tanto despiertan y fomentan en las personas la conciencia de la responsabilidad (pedagogía de la responsabilidad) y  un elevado espíritu de lucha por la transformación estructural de la sociedad (pedagogía sociopolítica para el cambio).
Cuando Haya abogaba por una educación moral ciudadana lo hacía con el sano propósito de defender a la sociedad de sus enemigos internos y externos, de procurar que los trabajadores manuales e intelectuales acepten con responsabilidad los cargos públicos para los cuales puedan estar preparados, y posibilitar el manejo de la cosa pública y privada de manera eficiente, honesta y transparente,  con autoridad incorruptible y conducta ejemplar. Fue enfático al manifestar que “Los mejores programas económicos y políticos fracasarían sin una enérgica tentativa para la educación moral del Perú. Ambos son para nosotros primordiales”.
Entre los líderes políticos de Perú y de América Latina, Víctor Raúl era uno de los pocos convencidos que para reconstruir y reorganizar un país era fundamental: a) la reorganización total de nuestra economía; b) la aplicación de una política educativa integral, c) la moralización estricta de la administración de los poderes del Estado,  d) educar al pueblo más con el ejemplo moral que con la palabra, y e) la aplicación de sanciones drásticas: que el que robó, devuelva lo robado; que el que es delincuente responda ante la justicia, porque un movimiento como el aprista no puede tolerar pillos en su seno, debería ser una fuerza de inflexibles moralización y de cura política que traiga como consecuencia justicia, libertad y bienestar para la colectividad.
La moralidad gubernativa es una de las enseñanzas básicas que debe darse al pueblo. El gobernante, el parlamentario, el ministro, el funcionario, el trabajador manual e intelectual deben ser ejemplos de conducta moral, que practiquen los principios y valores éticos, que demuestren cotidianamente ser honrados e incorruptibles y que están trabajando en alguna institución o empresa del Estado no para servirse de ella sino para servir desinteresadamente a la sociedad por el bienestar colectivo y el futuro del país.
En un país como el nuestro, donde todo se «amansa, apaga, tuerce y larva», el aprismo mantiene su personalidad política en forma incorruptible. No corrompe a nadie y no se deja corromper. Se mantiene firme e indeclinable en su línea de moralización.
Desde su fundación el aprismo siempre ha exigido y seguirá exigiendo a cada uno de sus militantes y dirigentes probada honestidad en los carpos públicos.
Se dice, por ejemplo, que históricamente nadie se ha atrevido acusar a los apristas que ocuparon cargos públicos, de haberse enriquecido a costa del Estado. Cuando se produjo el golpe militar de octubre de 1968, comisiones especiales pasaron largos meses en las oficinas del Congreso – donde los apristas habían sido mayoría- en el esfuerzo inútil de encontrar latrocinios. Al final, tuvieron que abandonar su intento. Lo mismo ocurrió en los centenares de municipios electos donde había alcaldes apristas. El aprismo ha sido ejemplo de moralidad y de corrección.
Sin moralización no habrá solución a los males de la sociedad. El aprismo sostiene que la moralización debe empezar por los moralizadores que deben dar ejemplo de honradez, de veracidad y de dignificación de la política gubernamental con el objeto de que el pueblo les tenga fe y confianza.
El aprismo es partidario de una educación moral que despierte en el ciudadano la conciencia de la responsabilidad (pedagogía de la responsabilidad) y un elevado espíritu de lucha por la transformación estructural del país (pedagogía sociopolítica para el cambio). Educación moral que ha de culminar en la práctica cotidiana de los valores éticos positivos, que capacite a la comunidad, para su plena realización creadora..
La educación moral que el Estado imparta a la población deberá orientarse a asegurar el cumplimiento estricto de la Constitución y las leyes de la República, sin dejarse seducir por ningún halago, promesa o amenaza; obediencia de la ley en vista del bien común y no tanto por el temor de las sanciones; educación moral en la población que haga posible la persecución, la denuncia, el rechazo y la captura a los malhechores y entregarlo a los tribunales correspondientes, defendiendo a la sociedad de sus enemigos internos y externos; educación moral de la población a fin de convertirse en celosos guardianes de la inversión de los fondos de la Nación en obras que beneficien a la ciudadanía; educación moral a la población para que ésta acepte con responsabilidad cargos públicos para los cuales pueda estar preparado, y a ejercer el derecho de una profesión u oficio honesto, en perfecto acuerdo con la moral y las buenas costumbres. El aprismo está convencido que el engrandecimiento del Perú depende del engrandecimiento moral y espiritual de sus ciudadanos.
La moralización que el aprismo propugna es una moralización que deberá realizarse con tino y sin excesos, evitando su aplicación para perpetrar el abuso, la venganza, la injusticia, los privilegios y las desigualdades.
La política moralizadora permitirá alcanzar la austeridad en el gasto público, el superávit empresarial, la recuperación de la confianza y la fe perdida en las instituciones y autoridades, el rescate del principio de autoridad, la erradicación del caciquismo político influyente, la desaparición del «amiguismo», del «compadrazgo», del nepotismo en el sector público paraestatal, la pérdida del poder de las cúpulas oligárquico-dirigenciales. La moralización traerá consigo la aceleración del trámite burocrático en la administración pública, la seguridad en su puesto de trabajo para el servidor público, evitará la conversión del Estado en propiedad privada o de grupos y de familias plutocráticas, erradicará el aprovechamiento doloso del poder, contribuirá a renovar e inyectar de sangre nueva a las instituciones democráticas, limpiándolas de los elementos corruptos.
La moralización aplicada en toda su extensión dará al país gobernantes y gobernados que no corrompan ni se dejen corromper, hará posible la oportunidad y equidad en la distribución de la riqueza nacional, de los bienes y servicios, limpieza en la administración de la cosa pública, la eliminación de todo tipo de protección a debilidades y fechorías; la erradicación de testaferros, contrabandistas, usureros, agiotistas, defraudadores, malversadores de fondos públicos, malhechores y pandillas de delincuentes asociados y  justicia y bienestar para todos los peruanos.
En el Perú, durante las cuatro primeras décadas del siglo XX, la política se desarrolló sobre la base de pisco y butifarra, las bajas pasiones e  intrigas, la chismografía, calumnia y difamación a las personas. Fue una política de juego sucio, sostenida por el fraude, el veto electoral, el soborno y el chantaje. Los medios de comunicación eran los voceros incondicionales del poder económico. Fue una política de negociados a puerta cerrada, con cartas escondidas debajo de la mesa y que encubría intereses obscuros. Clubes de compadres intentaban llegar a Palacio, más a punto de bayonetas y tanques, que con planes de gobierno, inteligencia o sabiduría.  Dirigentes políticos de facciones contrarias se juntaban para censurar gabinetes, arrebatar y quemar ánforas electorales, soliviantar los ánimos ciudadanos, deshonrar a personas e instituciones, tratando de revivir el odio gratuito entre  peruanos, o el enfrentamiento entre gobernantes y gobernados.
Para entonces,  la Alianza Popular Revolucionaria Americana, doctrinaria y vigorosa, tuvo que enfrentarse a las  facciones de la derecha conservadora (portavoz de la plutocracia limeña), del comunismo internacional (caja de resonancia del colonialismo mental europeo) y del militarismo (representante de la oligarquía económica nacional y violadores de la Constitución política).
Es que  nuestros políticos de undécima hora formaron agrupaciones a montones, un año antes de cada elección nacional, para desaparecer después del segundo día de su derrota. Les faltó de todo. Por ejemplo, preparación profesional, formación política, cultura cívica, ética política, fraternidad humana, espíritu de justicia social, disciplina partidaria, bagaje cultural, elevado sentido de responsabilidad para con el futuro del Perú.
Algo más. Carecieron de mucha cultura y de pedagogía política, de conciencia de patria y visión de futuro. Exhibían a sus anchas, sin escrúpulo alguno, sus autocondecoraciones de ser los campeones del dicterio, del insulto, del lenguaje soez y  toda forma baja de lucha. Hacían gala de su dinero mal habido, de sus jugosas cuentas bancarias, de sus amistades con algunos militares golpistas que de cuando en cuando arrasaban a nuestra débil democracia.
Ha transcurrido más de medio siglo y la política aún no recupera su sitial como ciencia de buen gobierno.
A los dirigentes políticos opositores del Aprismo, y de la undécima hora, les falta  cultura política, ética política, espíritu de fraternidad y vocación de servicio social. Valdría la pena que se matricularan en las universidades para estudiar Ciencias políticas y luego aspirar a representar los intereses de la Nación. Tal vez así podría cambiar en algo la baja credibilidad que tienen los dirigentes y parlamentarios y disminuirían los casos de transfuguismo político y de corrupción.
En el Perú debería reformarse la Constitución Política de 1993 con el fin de establecer mayores requisitos a quienes postulan para un cargo político en el Congreso de la República e inclusive para desempeñarse como ministros de Estado, presidentes de gobiernos regionales y alcaldes provinciales o distritales.
Dignificar la política, según el aprismo, implica muchas cosas. Por ejemplo, ejercitar la autocrítica, la mutua crítica y la crítica a los demás; usar métodos lícitos y éticos en el cumplimiento de sus funciones,  desterrar la demagogia sobre problemas del país. Para dignificar la política se requiere mantener el diálogo democrático, proscribir actitudes de electoralismo doméstico, combatir la agitación de masas, y combatir las conductas subversivas y antipatrióticas.
Un partido político moderno, como lo es el aprismo, es una organización jurídico-constitucional que nace en la conciencia del pueblo, de abajo hacia arriba, que representa una tendencia ideológica y de lucha liberadora, que se forma como medio de organización política y de intermediación entre el gobierno y la opinión pública, por aspiraciones legítimas de mejores condiciones de vida y de justicia social.


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