miércoles, 22 de febrero de 2017

TEORÍA DEL CRISTIANISMO ACERCA DEL HOMBRE


TEORÍA DEL CRISTIANISMO ACERCA DEL HOMBRE

Escribe: Eudoro Terrones Negrete

Con el cristianismo se afirma la creencia en un Dios creador del mundo y del hombre, las relaciones del hombre con su creador, el hombre como criatura divina tiene su fin último en Dios y Dios reclama al hombre el estricto cumplimiento de sus mandamientos cristianos como imperativos supremos, absolutos e incondicionados.

La concepción cristiana del hombre está lejos de la teoría pesimista que afirma que el hombre es esencialmente corrompido, deshonesto y malogrado, con todos los vicios, defectos, debilidades y anormalidades. Y está lejos también de la teoría del optimismo que sostiene que el hombre es totalmente bueno, el hombre es un ser con todas las cualidades positivas, las virtudes necesarias para ser feliz, cosa que se desdice en la práctica.

Lo que el hombre es y lo que debe hacer y esperar se define en su relación ya no con la comunidad humana o polis, ya no con el universo o mundo, sino con Dios. El hombre viene de Dios y va hacia Él. Los hombres son hermanos porque tienen un padre común: Dios.

El amor humano está supeditado al amor divino. En la vida del hombre, el orden sobrenatural prima sobre el orden natural humano. Se habla de un mundo cristiano donde impere la igualdad, la fraternidad, la cooperación, la solidaridad, el amor a los semejantes, la afirmación de la fe cristiana, el cumplimiento de los mandamientos de Dios como leyes, la plasmación de la libertad, la capacidad de servir a las demás personas y la justicia plenas en el mundo sobrenatural. Todo hombre debe ser un fin y no un medio para los demás.
          
Para la teoría cristiana la vida moral del hombre alcanza su plena realización sólo en la medida en que el hombre se eleve al orden sobrenatural. La religión cristiana se consolida en el hombre como una fe y un dogma. Todo poder aquí en la tierra proviene de Dios. Dios creó al hombre a su imagen, le dio autoridad sobre todas las cosas de la creación y lo consideró como el ser más valioso de la tierra. Dios quiere que el hombre sea salvo y por eso envío a Jesús a este mundo para sufrir, morir por el hombre y rescatarlo de sus vicios, flaquezas, debilidades y pecados. Cada hombre tiene el mismo valor en cuanto es creación de Dios y por tanto todos se deben el mismo respeto y no cabe discriminación ni marginación alguna entre las personas.
          
Por eso es pecado discriminar a las personas por su color de piel, raza, profesión, idioma, nacionalidad, recursos económicos o por otras causas; todos los hombres tienen los mismos deberes y las mismas responsabilidades que cumplir ante Dios si quieren gozar de los beneficios del reino de Dios y estar protegidos por las leyes de Dios.
          
Dios ha dado al hombre el derecho de vivir en paz, con amor, unidos los unos con los otros, y nunca le ha dado al hombre el derecho de matar a las personas ni de declarar la guerra por disputas de herencias, de riquezas, de territorios, de poderes políticos y económicos. Dios le hadado al hombre un sexo para que puedan disfrutarlo y tener hijos, para que puedan reproducirse, crecer y multiplicarse,  no para hacer mal uso y abuso de su sexo, no para caer en desviaciones y anormalidades sexuales (homosexualismo, lesbianismo, adulterio, poligamia, pedofilia, incesto, zoofilia, etc.).
          
La sexualidad es una bendición en el matrimonio y no una maldición o degeneración, es un precioso e invalorable regalo que Dios ha dado al ser humano. Dios ha dado al hombre el matrimonio para bendecirlo, para realizarse en forma pública y no privada, para que el hombre no esté solo en el mundo y esté unido para siempre con su pareja ideal y compatible en sentimientos y proyectos de vida, para que los dos sean «una sola carne» y un solo destino que debe ser alcanzado  mediante el recorrido por un mismo camino. Por eso Jesús dijo: «Lo que Dios juntó no lo separe el hombre».
          
Dios dijo «Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a otros», porque el amor cubrirá multitud de pecados y es fuente de iluminación de la inteligencia para permanecer en el camino correcto, digno y justo. Pero no solo amor, también el hombre debe saber que es necesario el arrepentimiento, el perdón, las disculpas del caso, para que no haya desconfianza, odio, represalia, venganza y bajas pasiones entre hermanos cristianos.
          
En fin mucho se puede seguir diciendo sobre la filosofía cristiana respecto al hombre y su tránsito por este mundo terrenal. Dar una lectura a la Biblia, al antiguo y al nuevo testamento, resultaría muy provechoso para todo buen creyente e hijo de Dios. Te invitamos a abrir dichas preciosas páginas llenas de sabiduría, que estamos seguros contribuirán en mucho a corregir rumbos equivocados, a consolidar el camino correcto y a lograr mejores formas de vida cristiana.

Desde la concepción cristiana, el hombre es un ser creado por Dios, a su imagen y semejanza, y llamado a una salvación definitiva. Pero también es un ser libre, capaz de virtud y de pecado, es un ser imperfecto pero  perfectible, es un ser pecador pero capaz de recibir el perdón de Dios. Dice el Génesis que Dios hizo al hombre “a su imagen y semejanza”, es decir, lo dotó de  cuerpo y alma, de  espíritu y de facultades cognoscitivas: sentidos, razón, inteligencia, intuición, voluntad, imaginación, sensibilidad, emoción, sentimiento, para superar sus limitaciones e imperfecciones.

El hombre es un ser religioso y buscador de Dios. Es un ser religioso por sentirse unido a la divinidad mediante un vínculo espiritual que crea determinadas obligaciones hacia ella, o de una serie de prácticas en que se reconoce la existencia de un ser superior al hombre, y al cual se siente vinculado durante su existencia, a la vez que obligado por sentimientos de sumisión y dependencia.

El hombre está unido a Dios a través de actos emocionales, como la fe, la seguridad, la esperanza, el temor, la reverencia, la humildad, la devoción y el amor; actos humanos que son de carácter práctico, como por ejemplo dar gracias a Dios, rogar, hacer votos, bendecir, alabar, obedecer, sacrificar y adorar.

Según la doctrina social cristiana sólo el hombre es un ser impregnado de religiosidad. «El hombre es un buscador de Dios» (Max Scheler), «El hombre es un animal religioso» (De Quatrefages), «El hombre es un animal que cree en los dogmas» (Chesterton), «La antropología no conoce pueblos ateos» (Ratzel).

Pero también, el hombre como creyente en un ser sobrenatural, -del cual procede todas las cosas y todo lo que existe en el Universo-, eleva cotidianamente sus plegarias y oraciones a Dios, desde el rincón de su alcoba o desde un lugar inadvertido en su centro de trabajo, para que todo salga bien o para que el camino de su existencia terrenal se halle liberada de tentaciones, flaquezas, desencantos, debilidades, frustraciones, angustias, bajas pasiones, envidias, represalias, vicios, maldades, prejuicios y odiosidades, en procura de una filosofía de la vida perfeccionada y digna.

El hombre es verdaderamente hombre sino gracias a la vida del corazón, a la vida religiosa y moral, toda vez que del corazón brotan los grandes pensamientos, las grandes acciones y esperanzas para un mundo que puede salvarse en Dios y con Dios, afirmando la concepción cristiana de la vida en lucha permanente por reconquistar y consolidar el imperio del alma.

«Sólo cuando veo en mi prójimo a un hermano, soy verdaderamente hombre» (Dostoiewsky), «Sin Dios y sin caridad, el hombre no es un hombre, sino un bárbaro».

El hombre cristiano, es el hombre con fe y  mística en ideales y creencias supremas. Tiene la fortaleza indestructible de la fe. Es el hombre que cree en un Dios omnipotente, omnisapiente, omnipresente e inmortal, de quien procede todo lo que existe en el Universo.

El hombre como ser religioso tiene y siente vínculos extranaturales, distintos de los prácticos y científico terrenales.

El hombre cristiano, es el hombre más exigente consigo mismo,  el que se siente muy cerca del corazón mismo de los elementos del mundo; reconoce en su naturaleza mucho de la naturaleza de Dios, intenta asimilarse a él o trata de imitarlo.

Santo Tomás de Aquino precisa que el hombre cristiano es un ser cognoscente porque  tiene necesidad de «saber la causa de aquello que ve», es decir, la causa que produzca la esencia y la existencia de los fenómenos, de los hechos y de las cosas que lo rodean.

“Para San Agustín, del mismo modo que el hombre tiene una luz natural que le permite conocer, tiene una conciencia moral. La ley eterna divina, a la que todo está sometido, ilumina nuestra inteligencia, y sus imperativos constituyen la ley natural. Es como una transcripción de la ley divina en nuestra alma. Todo debe estar sujeto a un orden perfecto: ut umnia sint ordenatissima. Pero no basta con que el hombre conozca la ley; es menester, además, que la quiera; aquí aparece el problema de la voluntad. El alma tiene un peso que la mueve y la lleva, y este peso es el amor: pondus meum amor meus. El amor es activo, y es él quien, en definitiva, determina y califica la voluntad: recta itaque voluntad est bonus amor et voluntas perversa malus amor….” refiere Julián Marìas.[1]

El hombre es un ser consciente de su propia existencia. Sabe lo que hace, piensa antes de hacer algo y hace algo después de haber pensado. Sabe que ha tenido un pasado, que vive en el presente y que tendrá un futuro. El hombre conoce primero para conocer a los demás. Sabe que es una persona y no un simple individuo. Se da cuenta de lo que dice, de lo que promete, de lo que hace y de lo que aspira alcanzar a lo largo de su existencia.

El hombre como criatura divina tiene su fin último en Dios y Dios reclama al hombre el estricto cumplimiento de sus mandamientos cristianos, como imperativos supremos, absolutos e incondicionados.

Lo que el hombre es y lo que debe hacer y esperar se define en su relación con la comunidad humana y con Dios. El hombre viene de Dios y va hacia Èl.

El amor humano está supeditado al amor divino. En la vida del hombre, el orden sobrenatural prima sobre el orden natural humano. Se habla de un mundo cristiano donde debe imperar la igualdad, la fraternidad, la cooperación, la solidaridad, el amor a los semejantes, la afirmación de la fe cristiana, el cumplimiento de los mandamientos de Dios como leyes, la plasmación de la libertad y la justicia plenas en el mundo sobrenatural.
          
Para la doctrina social cristiana la vida moral del hombre alcanza su plena realización sólo en la medida en que el hombre se eleve al orden sobrenatural. La religión cristiana se consolida en el hombre como una fe y un dogma. Todo poder aquí en la tierra proviene de Dios. Dios creó al hombre a su imagen, le dio autoridad sobre todas las cosas de la creación y lo consideró como el ser más valioso de la tierra.

Dios quiere que el hombre sea salvo y por eso envió a Jesús a este mundo para sufrir, morir por el hombre y rescatarlo de sus vicios, flaquezas, debilidades y pecados.

Cada hombre tiene el mismo valor en cuanto es creación de Dios y, por tanto, todos se deben el mismo respeto y no cabe discriminación ni marginación alguna entre las personas. Por eso es pecado discriminar a las personas por su color de piel, raza, profesión, idioma, nacionalidad, recursos económicos o por otras causas. Todos los hombres tienen los mismos deberes y las mismas responsabilidades que cumplir ante Dios si quieren gozar de los beneficios del reino de Dios y estar protegidos por las leyes de Dios.
          
Dios ha dado al hombre el derecho de vivir en paz, con amor, unidos los unos con los otros, y nunca le ha dado al hombre el derecho de matar a las personas ni de declarar la guerra por disputas de herencias, de riquezas, de territorios, de poderes políticos y económicos.

Dios le ha dado al hombre un sexo para que pueda disfrutarlo y tener hijos, para que pueda reproducirse, crecer y multiplicarse,  no para hacer mal uso y abuso de su sexo, no para caer en desviaciones y anormalidades sexuales (homosexualismo, lesbianismo, adulterio, poligamia, pedofilia, incesto, zoofilia, etc.).
          
La sexualidad es una bendición en el matrimonio y no una maldición o degeneración, es un precioso e invalorable regalo que Dios ha dado al ser humano.

Dios ha dado al hombre el matrimonio para bendecirlo, para realizarse en forma pública y no privada, para que  no esté solo en el mundo y esté unido para siempre con su pareja ideal, para que los dos sean «una sola carne» y un solo destino que debe ser alcanzado  mediante el recorrido por un mismo camino. Por eso Jesús dijo: «Lo que Dios juntó no lo separe el hombre».
          
Dios dijo «Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a otros», porque el amor cubrirá multitud de pecados y es fuente de iluminación de la inteligencia para permanecer en el camino correcto, digno y justo. Pero no solo amor, también el hombre debe saber que es necesario el arrepentimiento, el perdón, las disculpas del caso, para que no haya desconfianza, odio, represalia, venganza y bajas pasiones entre hermanos cristianos.
          
En fin mucho se puede seguir diciendo sobre la filosofía cristiana respecto al hombre y su tránsito por este mundo terrenal.  Dar una lectura a la Biblia, al Antiguo y al Nuevo Testamento, resultaría muy provechoso para todo buen creyente e hijo de Dios.



[1] Marías, Julián. Historia de la Filosofía. Prólogo Xavier Zubiri. Epílogo: José Ortega. Revista de Occidente, S.A., Madrid (España), Vigesimonovena edición, 2007, p.114.