miércoles, 11 de marzo de 2009

LA ÉTICA DE SOCRÁTES

LA ÉTICA DE SOCRÁTES
Escribe: Dr. Eudoro Terrones Negrete


Sócrates es el fundador de la Ética, llamado también Filosofía Moral o Filosofía Axiológica.

Fue un hombre virtuoso por naturaleza, pero adversario de la democracia ateniense. Se enfrentó a las convenciones corrientes de su tiempo y a los prejuicios inferiores en busca de la renovación moral y la perfección de la conducta del ciudadano ateniense. Luchó contra los vicios y las debilidades humanas.

En la concepción ética socrática todos los hombres son buenos por naturaleza y cuando alguien actúa mal, lo hace por ignorancia: Nadie hace el mal a sabiendas.

El afán inclaudicable y de por vida de Sócrates era liberar a las personas de la ignorancia para poseer el verdadero bien, alcanzar la felicidad, y lograr corregir las costumbres, los vicios, defectos y debilidades de los hombres que tanto daño hacían a la sociedad de entonces. Sócrates pensaba que las cosas humanas son buenas en el grado y medida que conduzcan al conocimiento y dominio de sí mismo, a la virtud o sabiduría y a la felicidad. Y el hombre es feliz en la medida que es virtuoso y está obligado a practicar la virtud por las leyes: escrita para los deberes cívicos, no escrita para los deberes del orden natural.

Para Víctor Brochard, el verdadero fundador de la ciencia moral es Sócrates; en cambio Kohlberg atribuye a Sócrates ser “el prototipo del filósofo moral y del individuo moralmente desarrollado”.

En opinión de Aristóteles (“Metafísica”), Sócrates “no se extiende de ninguna manera al estudio de la naturaleza total, sino se mantiene tan sólo en la esfera de lo moral”.

Sócrates se preocupa en todo momento por los problemas de la moral práctica del hombre. Fue el primero que distinguió entre leyes humanas escritas y leyes no escritas. Entendió por leyes escritas aquellas que varían según los países y son promulgadas por los magistrados civiles. Las leyes no escritas, decía, son leyes inmutables, universales, cuya sanción lo lleva el individuo consigo mismo; son leyes promulgadas por la ciencia que es la voz de Dios, son leyes que sirven de fundamento a todas las otras leyes.

Sócrates tiene como fin único de sus investigaciones filosóficas mejorar moralmente al hombre, en tanto y en cuanto el hombre sea el poseedor de la sabiduría, toda vez que la sabiduría conduce a la virtud, y discernir qué bienes serán útiles para conseguir lo deseado es labor de la sabiduría. El hombre bueno es un hombre sabio y virtuoso; el hombre obra rectamente cuando conoce el bien, y al conocerlo es capaz de hacer el bien a sus semejantes. Sócrates decía: “Llamo en cambio vivir bien al hecho de alcanzar su fin por medio del estudio y del ejercicio y me parece que quienes se dedican a ello viven bien”.

Por tanto, sin lugar a duda, puede considerarse la ética socrática como una ética racionalista o intelectualista, puesto que a mayor desarrollo intelectual corresponde un mayor sentido del bien y un mayor grado de virtud. Para Sócrates la virtud es saber; ser justo es saber en qué consiste la justicia, el valor, la templanza. El saber para Sócrates es un saber preferentemente acerca del hombre en su integral dimensión: social, política, espiritual, económica, educativa, cultural y moral; saber que conlleva al hombre a actual moralmente con el fin de perfeccionar su conducta y alcanzar el bienestar y la felicidad individual y colectiva.

“En ella encontramos- señala Adolfo Sánchez Vásquez-: a) una concepción del bien (como felicidad del alma) y de lo bueno (como lo útil a la felicidad); b) la tesis de la virtud (areté) capacidad radical y última del hombre-, como conocimiento, y del vicio como ignorancia (el que obra mal es porque ignora el bien; por tanto, nadie hace el mal voluntariamente), y c) la tesis de origen sofista de que la virtud puede ser transmitida o enseñada” (Ética).

Sócrates pensó que una persona buena nunca obraba mal a sabiendas, y que nada puede dañar a un hombre bueno, ni en vida ni después de la muerte. Se equivoca Sócrates cuando sostiene categóricamente que basta conocer el bien para practicarlo, pues de ser así, mientras más sabio fuera el hombre, tanto más virtuoso sería, lo que en la realidad no es verdad.

Centró su interés intelectual en los problemas y en la conducta del hombre, en vista que los filósofos anteriores habían descuidado estos problemas. Cicerón afirmó, por esta razón, que Sócrates trasladó la filosofía del cielo a la tierra.

Pero con la terminología de José Ingenieros podríamos calificar a la moral de Sócrates de moral meliorista, en tanto y en cuanto fomenta la creencia activa en la perfectibilidad del ser humano. El eticismo socrático que empezó afirmando la preeminencia de los intereses morales en la vida social ateniense, representa ahora un llamamiento a la conciencia individual y colectiva, a la auto-comprensión por el hombre de sus potencialidades, limitaciones, capacidades, objetivos y fines, para lograr el perfeccionamiento moral de su comportamientos cotidiano, amando siempre la verdad, evitando la complicidad en el mal y en la injusticia y poniéndose en condiciones de ser útil a la sociedad.

Esperanza Guisán, en su Introducción a la Ética, manifiesta: “Por encima de todo, Sócrates representa sin género de dudas, y esto es lo que aquí especialmente nos interesa, lo más cercano posible al concepto griego de ciudadano excelente. Su ética, por tanto, inaugura las éticas teológicas en su variante clásica de éticas que buscan objetivos y fines, entre los cuales destaca, en primer lugar, la consecución de ciudadanos excelentes dentro de una polis asimismo excelente”.

Esta misma autora y en la misma obra refiere la calificación que algún autor hizo a Sócrates llamándole “el primer metaética de la historia del pensamiento”:

“Algún autor ha considerado, con acierto a mi modo de ver, que Sócrates ha sido el primer metaético de la historia del pensamiento al intentar definir términos éticos, como se muestra admirablemente en su Eutifrón o De la piedad, donde se aportan argumentaciones que nada tienen que envidiar a las más sutiles disertaciones contemporáneas sobre la lógica inherente al uso de los términos y conceptos éticos”.

Sócrates, cual heraldo de grandeza espiritual y moral de Atenas, gran hito y talento en la evolución moral de su pueblo, prefirió perder un derecho antes que obtener un favor de los jueces o prosperar arrastrándose. Pues nunca pide favor quien supo, como Sócrates, que se merecía justicia. Hombre digno, no desvió la pupila de lo que era fundamental en su misión histórica y actitud filosófico-moral. Su trabajo fue dialogar, sembrar ideas en todos los surcos; su descanso, filosofar.

Más allá del riesgo de vivir o morir, demostró interés por saber y explicar si los actos perpetrados son actos propios de un buen hombre o de un mal hombre, sin recurrir en ningún momento a asumir posiciones de represalia, venganza o animadversión, pero sí condenaba lo que es moralmente reprochable. Se consagró durante toda la vida a la búsqueda del propio bien, de lo que es moralmente recto, como piedra angular de la filosofía moral. En opinión de Sócrates la verdad para ser comunicada debe ser moralmente buena, toda vez que la verdad constituye un bien moral de incalculable valor que no debe llevarnos a justificar una mentira (término que en latín equivale a la expresión “locutio contra mentem” y traducido al español significa “palabra que no corresponde a lo que se piensa”).

Alfonso Gómez-Lobo señala como una de las características de la ética socrática el eudemonismo: “La ética socrática no aboga ni por la renuncia a la felicidad personal ni por un altruismo sin matices. Por el contrario, una de sus características es su eudemonismo, esto es, la afirmación de que todos los individuos persiguen su felicidad y, además, que es bueno que lo hagan. Puesto que es racional buscar el propio bien, sería irracional renunciar a la felicidad” (La ética de Sócrates).

Diógenes de Laertes, presenta el diálogo que sostuvo Sócrates con Jenofonte cuando éste le pregunta el lugar donde se formaban los hombres en la virtud: “Se dice que Jenofonte habiéndolo encontrado un día a Sócrates en una calle estrecha, le impidió el paso con su bastón y le preguntó dónde estaba el mercado de víveres; cuando hubo satisfecho a esta primera pregunta, insistió Sócrates y le preguntó dónde se formaban los hombres en la virtud. Jenofonte dudó y entonces Sócrates le dijo: “Soy yo el que voy a enseñártelo” y le incorporó al número de sus discípulos” (Vida y doctrina de los grandes filósofos de la antigüedad).

Sócrates discurría sobre asuntos humanos, fundamentalmente. Por ejemplo, se preocupaba por saber lo qué es el alma, el hombre, la piedad y la impiedad, la honestidad y la deshonestidad, la vergüenza, la justicia y la injusticia, la sensatez y la insensatez, la cobardía y la valentía, la acción buena y la acción mala, la verdad y la falsedad, la poesía, la música, el arte, qué son las cosas humanas, qué es el Estado, qué es el gobernante, qué es la sabiduría, la educación y la ignorancia.

Jaeger, atribuye el poco interés de Sócrates por la filosofía de la naturaleza a la imposibilidad de reducir a un criterio común su modo de plantear el problema y el de aquéllos y si disuadía a otros de ocuparse demasiado a fondo de las teorías cosmológicas: “lo hacía por entender que este gasto de energías espirituales estaría mejor empleado en el conocimiento de las “cosas humanas” (Paideia).

Para Sócrates la felicidad es el valor principal hacia la cual convergen todas las acciones del hombre; esta felicidad se logra mediante el cumplimiento del deber y efectuando todo lo que sea útil para la propia felicidad, entendiéndose por útil el saber usar de las pasiones y de los instintos para bien de los demás y para la felicidad interior de las personas. En cambio, el placer, la sabiduría, etc., son valores secundarios.

La ética de Sócrates, es considerada como ética racionalista o intelectualista, pragmática o utilitarista, toda vez que el hombre virtuoso es hombre útil a sí mismo, a las demás personas y a la sociedad. Distinguió cuatro virtudes fundamentales: la sabiduría, la templanza, el valor o la fuerza y la justicia, unidas en una perfecta armonía.

Según el filósofo español y existencialista cristiano, Xavier Zubiri Apalátegui (Sócrates y la sabiduría griega): “Sócrates adopta un nuevo modo de vida: la meditación sobre lo que son las cosas de la vida. Con lo cual lo “ético” no está primariamente en aquello sobre que medita, sino en el hecho mismo de vivir meditando…La sabiduría socrática no recae sobre lo ético, sino que es en sí misma ética…La Sabiduría como ética: he ahí la obra socrática. En el fondo, una nueva vida intelectual”.

Para Sócrates la virtud depende de la ciencia y de la voluntad, la ciencia depende de la razón y la razón determina la voluntad, y que basta conocer el bien para practicarlo, posición socrática muy discutible y que muchos críticos lo consideran falsa, puesto que:

“De ser así, -señala Leopoldo Baeza y Acevez (Ética )-, mientras más sabio fuera el hombre, tanto más virtuoso resultaría, lo que, como es sabido, desgraciadamente es falso”.

No cabe duda que en la moral socrática se produce una íntima vinculación entre sabiduría, virtud y felicidad; el conocimiento del bien implica la práctica de la virtud y el ejercicio de la virtud convierte en dichosos a los hombres. La sabiduría es el valor supremo y la condicionante de la virtud y la felicidad. Ser justo, animoso, templado, es saber en qué consiste el valor, la templanza y la justicia, de donde se infiere que la virtud se enseña y para lograrlo se requiere de un buen profesor:

“Si el músico es el que “sabe” música y el albañil el que “sabe” edificar, es natural admitir que el justo sea el que “sabe” justicia”

Sócrates considera que el hombre bueno puede convertirse en malo, por causa de la edad y del cansancio, o de enfermedad, o de otros casos; y, el hombre malo no podría convertirse nunca en malo, pues ya lo es (Platón, Protágoras).

La ciencia prepara para los hombres la buena fortuna y el buen empleo de todo lo que poseen y hagan (Platón, Eutidemo).

Los hombres que saben lo que las leyes ordenan con referencia a los hombres, realizan lo justo. Un hombre es justo en cuanto sabe lo que las leyes ordenan con referencia a los hombres. Quien sabe lo que se debe hacer es incapaz de juzgar lo que le conviene no hacerlo (Jenofonte, Memorables).

Decía Sócrates, es imposible que el hombre que conozca la justicia no se comporte en forma justa (intelectualismo moral).