sábado, 15 de junio de 2019

PRINCIPIOS Y VALORES ÉTICOS DEL INVESTIGADOR CIENTÍFICO UNIVERSITARIO


PRINCIPIOS Y VALORES ÉTICOS DEL INVESTIGADOR CIENTÍFICO UNIVERSITARIO
Escribe: Eudoro Terrones Negrete

Son principios y valores éticos del investigador científico:
Buscar, respetar y defender la verdad por sobre todas las cosas, en cualquier espacio, circunstancia y tiempo histórico.
Rechazar las conclusiones prejuiciosas, manipuladas y alienantes.
Investigar con objetividad, independencia de criterio, honestidad intelectual, imparcialidad, pluralismo y responsabilidad social, política, jurídica y ética.
Abstenerse de promover intereses privados que estén en contra del bien común.
Respetar la propiedad intelectual ajena y los compromisos contraídos.
Recusar el soborno, el cohecho, la extorsión o el chantaje durante el proceso de las investigaciones que realiza.
Rechazar toda remuneración ilícita e injusta, sea directa o indirecta.
Acudir al mayor número posible de fuentes verídicas y creíbles, para un mejor conocimiento y una cabal explicación de los hechos.
No recurrir a recursos inmorales o no éticos ni a recursos ilícitos (delictivos) como son los siguientes: soborno, engaño, plagio, interceptación telefónica, violación de la correspondencia, incursión en la vida privada de las personas, uso de cámaras ocultas (sin la autorización del personaje de la noticia), realizar investigación encubierta (presentación del investigador bajo identidad falsa) para asuntos que no son de interés público; ingresar físicamente a los recintos privados, a hurtadillas o por medios electrónicos, sin la debida autorización, con el fin de observar, escuchar, fotografiar, grabar o captar palabras o imágenes que están protegidas por el derecho a la vida privada.
Guardar reserva o silencio de la identidad de la fuente informativa en cumplimiento de la palabra empeñada (derecho al secreto profesional).
Respetar las convicciones políticas, religiosas y morales, tanto en la forma como en el fondo de las informaciones.
Impedir la identificación de niños implicados en delitos o vicios sociales (alcoholismo, drogadicción, atentado a las buenas costumbres, etc.), en protección al bienestar futuro que les asiste.
Ninguna investigación deberá violar la ley, afectar al orden público, a la seguridad nacional, a las buenas costumbres, tradiciones y formas de vida.
Según Shamoo y Resnik (2003) algunos de los principios fundamentales que cualquier científico debe exhibir son los siguientes: honestidad, objetividad, integridad, ser cuidadoso (por ejemplo con el manejo de los datos) y disponer de apertura (i.e., compartir ideas, datos, recursos, herramientas de trabajo), saber mantener la confidencialidad, libertad de expresión y búsqueda, eficiencia, ser competente en su campo, y tener un sentido de responsabilidad social. A los últimos agregaríamos otros valores, que aunque no exclusivos del ámbito académico, deberían al menos en nuestro concepto, formar parte integral del repertorio de conductas de un científico: humildad (i.e., reconocer nuestros errores), educación cívica (e.g., saludar, agradecer, ser amable y cortés), disciplina, tenacidad, lealtad, escrupulosidad, decencia, honorabilidad, generosidad, nobleza, tolerancia, valentía, y saber trabajar en equipo (i.e., no ser individualista). Todos estos valores, inculcados a los estudiantes desde que inician sus estudios profesionales, darían como resultado personajes de la ciencia más humanos y nobles. Por otra parte, no deberíamos olvidar que afortunadamente el científico sigue gozando de enorme credibilidad ante la sociedad y como consecuencia de esto último, aparece en los primeros lugares en las encuestas que miden la percepción del ciudadano común sobre las diferentes profesiones en cuanto a honestidad y prestigio. Es por ello importante mantener y de ser posible, mejorar, esa imagen positiva que nos envuelve[1].



[1] Aluja, Martín y Andrea Birke (Coordinadores). El papel de la ética en la investigación científica y la educación superior. Academia Mexicana de Ciencias. Fondo de Cultura Económica, México, segunda edición, 2004, p.90.