domingo, 1 de marzo de 2015

LA ACTITUD CIENTÍFICA

LA ACTITUD CIENTÍFICA

Aunque no existe una definición universalmente aceptada podemos decir que el término actitud se usa comúnmente para describir un sentimiento de agrado o desagrado o una reacción emocional, favorable o desfavorable, positiva o negativa, de simpatía o antipatía ante objetos, personas o ideas abstractas.

Una actitud está integrada por los siguientes elementos: Las creencias, las emociones y las conductas.

La actitud científica es una predisposición consciente y deliberada de la mente del investigador para dirigirla a la observación y el análisis de determinados objetos, hechos, fenómenos o problemas con el objeto de descubrir su realidad, lo que son en sí, su estructura, los principios y leyes que rigen sus relaciones y los cambios en el tiempo y en el espacio.

La actitud científica está orientada a descubrir el cómo de los objetos o hechos, el por qué de su estructura, sus relaciones y cambios que experimenta en la realidad natural y social.

El concepto de actitud “fue introducido en las ciencias sociales por Thomas y Znaniecki, hacia el año 1918, para designar un elemento de la conducta de un individuo motivada por la reacción a favor o en contra de un estímulo proveniente de su entorno que expresa una tendencia a obrar, un impulso o un deseo. Este concepto llegó a tener tanta importancia, que incluso se sostuvo que la tarea central de la psicología social es “el estudio científico de las actitudes”, explica Ander-Egg.[1]

La actitud científica es una disposición psicológica que predispone a los hombres de ciencia o a los investigadores a actuar o a reaccionar a favor o en contra de determinados problemas, fenómenos o hechos que ocurren durante el proceso de sus investigaciones.
La actitud científica define la relación positiva o negativa del hombre de ciencia o del investigador con todo lo que tiene relevancia motivacional para ellos.
“El hombre de ciencia –precisa Bertrand Russell- es el hombre que –no me refiero a cada hombre de ciencia en particular, pues hay muchos de ellos que no son muy científicos, sino al hombre de ciencia tal como debería ser- es cuidadoso, cauteloso, minucioso, empírico en sus conclusiones, poco dispuesto a las generalizaciones, que no acepta una doctrina sólo porque es buena, simétrica y sintética, sino que la examinará en sus detalles y aplicaciones”[2]
La actitud científica no es innata, es adquirida a través de un permanente proceso de aprendizaje y desarrollo de actividades y de proyectos de investigación durante un período de tiempo.
La interacción con las personas significativas en el campo de la ciencia y la tecnología es la base para la formación de actitudes científicas.

En el campo de las ciencias ocurren actitudes hacia el estímulo, hacia el objeto y hacia el proceso. Actitud hacia el estímulo, es aquella actitud en que el observador, investigador u hombre de ciencia presta atención al estímulo como objeto de investigación. Actitud hacia el objeto es aquella actitud en que el observador, hombre de ciencia o investigador considera el estímulo como un objeto de investigación o presta atención al estímulo más que a la experiencia. Actitud hacia el proceso es la actitud en que el observador, hombre de ciencia o investigador presta atención a los procesos (sensaciones-imágenes) suscitados por el estímulo.

El científico mantiene su actitud científica cuando en el desarrollo de sus investigaciones demuestra su disposición de buscar y encontrar la verdad  con perseverancia, entusiasmo, paciencia, responsabilidad, serenidad, honestidad, amplitud de criterio, sentido social, serenidad, espíritu de trabajo en equipo y objetividad, más allá de todo interés de grupos de poder económico y político
Se entiende por actitud científica a la tendencia arraigada, a la disposición de la conducta adquirida o aprendida, que tiene el hombre de ciencia o el investigador a reaccionar en pro o en contra de algún hecho, fenómeno, estímulo o problema científico, de posesionarse o actuar de cierta manera con el fin de observarlo, analizarlo, describirlo, explicarlo, predecir, aceptarlo o rechazarlo. La actitud científica es un proyecto de elección del científico para abordar cierto tipo de situaciones, hechos o problemas científicos, que permita efectuar elecciones de valor. Dicha disposición incluye procesos cognitivos y afectivos. Para Karl Jaspers “Las actitudes son disposiciones generales susceptibles, por lo menos en parte, de investigación objetiva, como las formas trascendentales en el sentido kantiano. Son las direcciones del sujeto y se sirven de un determinado enrejado de formas trascendentales”.

La actitud científica se caracteriza por ser crítica, racional, indagadora, curiosa e innovadora y que busca el “por qué” del hecho o fenómeno acontecido en la realidad natural o social.

Dicha disposición incluye procesos cognitivos y afectivos. Para Karl Jaspers “Las actitudes son disposiciones generales susceptibles, por lo menos en parte, de investigación objetiva, como las formas trascendentales en el sentido kantiano. Son las direcciones del sujeto y se sirven de un determinado enrejado de formas trascendentales”.

El investigador comporta diferentes actitudes[3]: actitud orientada hacia el estímulo, actitud orientada hacia el objeto y actitud orientada hacia el proceso.

Actitud hacia el estímulo: Actitud en que el investigador presta atención al estímulo como objeto de investigación.
Actitud hacia el objeto: Actitud en que el investigador considera el estimulo como un objeto o presta atención al estímulo más que a la experiencia.
Actitud hacia el proceso: Actitud en que el investigador presta atención a los procesos (sensaciones-imágenes) suscitados por el estímulo.




[1] Ander-Egg, Ezequiel. Diccionario del Trabajo Social. Editorial Hvmanitas. 10 edición corregida y aumentada, Buenos Aires,1988, p.3.
[2] Russell, Bertrand. Diccionario del Hombre Contemporáneo. Santiago Rueda – Editor, Buenos Aires, 1955, p.42.
[3] Terrones Negrete, Eudoro. Diccionario de Investigación Científica. A.F.A. Editores Importadores S.A., Lima, primera edición, 1998, p.11.